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A TRAVÉS DE ELLA

 

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        Si al decir que deseaba que conociera otra versión de mí, más abierta, más sexual, más inmediata, creyó que era porque ella no lo provoca, se equivocó. No es que ella no despierte mi deseo; su sola presencia me atraviesa, me invade y me consume de un modo que nunca antes había experimentado. No hay prisa en mi deseo con ella; hay un fluir que me detiene, que me obliga a contemplarla, a recorrer cada curva de su cuerpo, cada estremecimiento de su piel, como quien descubre un misterio que lo excede y lo sostiene, y que al mismo tiempo revela la verdad de lo que somos y lo que sentimos. Cada gesto suyo parece contener un secreto, cada movimiento una promesa silenciosa, cada respiración un llamado que me atraviesa y me devuelve a mí misma, más completa y más vulnerable a la vez.

Sus besos no se limitan a la superficie; se despliegan con paciencia, con precisión, con un ritmo que parece desafiar al tiempo. Siento su piel estremecerse bajo mi aliento, cómo su respiración se acelera y se detiene, cómo el calor sube a su rostro y se confunde con mi propio calor. Cada gesto de sus labios, cada roce, cada sonrisa que surge en medio del beso, es un lenguaje silencioso que habla de lo que sentimos, de lo que se da y de lo que se recibe, de aquello que nos atraviesa y nos transforma, y que no admite explicación. Y en esos besos prolongados, en esa pausa que se estira hasta hacerse eterna, descubro que el deseo no es solo físico: es conciencia, es reconocimiento, es un acto de presencia absoluta que nos devuelve a la verdad de nuestro ser compartido. 

La miro y me pierdo en ella. A veces fijo, otras veces distraída; a veces me ve, otras no. Pero siempre la habito con la mirada, recorriéndola superficialmente, recorriéndola en lo más profundo, como quien intenta leer un libro que guarda secretos eternos y que cambia con cada lectura. No hay lujuria impaciente, no hay urgencia; solo entrega consciente, deseo que se sostiene en la quietud, que se prolonga en cada gesto, en cada respiración, en cada temblor de su cuerpo y de su alma. Habitarla con los ojos y con el alma es también hacerle el amor; reconocerla, poseerla sin tocarla, acercarme a su esencia y dejarme atravesar por ella. 

Abrazarla es simultáneamente perderse y encontrarse. Cada abrazo prolonga un instante que no quiere irse; lo curva, lo hace eterno. Sentir cómo late su cuerpo junto al mío, cómo respira, cómo se inclina hacia mí, cómo nuestras energías se mezclan sin palabras, es comprender que todo lo que necesitamos está en la cercanía, en la quietud, en la totalidad de lo que somos juntas. La fusión de nuestros cuerpos es apenas un reflejo de la fusión de nuestra entrega. Cada abrazo prolongado contiene un universo que no se repite, una verdad que se revela solo a quienes se permiten sostenerla y sentirla en plenitud. 

Cuando hacemos el amor con los cuerpos, la intensidad me supera y me atraviesa por completo. Su energía me recorre, me invade, me transforma y me hace perder toda noción de límites. Me pierdo en ella, en toda ella, y en esa pérdida me descubro. Cada gemido, cada suspiro, cada estremecimiento se entrelaza con los míos y se convierte en un río que nos recorre y nos hace una. No hay principio ni fin; solo la corriente que nos atraviesa y nos funde, que hiere y acaricia a la vez, que quema y protege, que retiene y libera. La intimidad que compartimos no se limita a lo físico; se expande hasta tocar la conciencia, hasta retumbar en el pensamiento, hasta desbordar la realidad y hacerse algo sagrado.

Antes pensé que mi deseo había cambiado con la edad, que lo que sentía antes con otras ya no podía repetirse. Pero comprendí que no es eso. Lo que cambió es lo que ella provoca en mí, lo que me atraviesa y me hace temblar. No es un problema mío ni suyo; es un amor distinto, profundo, genuino, que no había conocido y que ahora me sostiene, sí; pero además me completa. La intensidad que despierta en mí no se mide en actos, ni en cuerpos, sino en la magnitud de lo que siento, en la energía que nos atraviesa, en la forma en que cada instante se vuelve absoluto y eterno. 

Mientras la siento, mientras la miro, mientras me atraviesa, comprendo que el amor es solo acto, sino conciencia; no solo deseo, sino revelación. Cada beso prolongado, cada abrazo sostenido, cada mirada detenida en lo profundo de su ser es hacer el amor en su sentido más completo. Ella despierta en mí un deseo y un amor que no conocía, que se expande y se vuelve energía viva, que me atraviesa (de nuevo), y me llena, y me hace existir.

Y hay algo más que no siempre se ve ni se dice: cuando ella habla, cuando su voz se eleva, cuando comparte un pensamiento, una risa, una duda, yo la observo. La miro fijo o de soslayo, la miro para adentro, la miro para afuera, la miro para atraparla y al mismo tiempo dejarla libre. La miro y le hago el amor con la mirada, con el pensamiento, con la energía que nos atraviesa sin tocar, y sé que ella no siempre lo percibe porque nos han enseñado que el amor y el deseo se expresan de manera convencional, que lo sexual se limita al cuerpo. Pero no. Para mí, hacer el amor es esto también: mirarla, sentirla, dejar que su presencia me atraviese y me transforme, que me devuelva a la totalidad de lo que puedo ser con ella. 

        Al final, cuando el silencio cae entre nosotras y la luz se curva en la habitación, entiendo que todo lo que soy y todo lo que siento encuentra sentido solo con ella. Que la vida, el deseo, el amor, la plenitud y la soledad se condensan en la forma en que me traspasa, en cómo me pierdo y me encuentro en ella. Sé, con la certeza de quien ha vislumbrado lo eterno, que existir así, en este fuego que sostiene y traspasa, en este amor que se entrega sin medida, es la única manera de vivir de verdad, de tocar lo infinito en lo cotidiano, de ser completa en presencia de alguien que lo es todo. 

        Y mientras la abrazo, mientras la beso, mientras la miro, comprendo que lo que sentimos no puede medirse ni explicarse; solo puede vivirse, solo puede dejarse atravesar, solo puede aceptarse como un milagro que se manifiesta en cada instante, en cada gesto, en cada respiración compartida, en cada silencio que nos envuelve. Esto es ella, esto es nosotras, esto es el amor que nos traspasa, y nada más es necesario. 

(Gigi Antolini)

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