LA SOMBRA Y EL RESCOLDO
Enterré a mi madre. Enterré a mi padre. Vi a mi familia desvanecerse en cámara lenta, como si la vida, en su gesto más cruel, hubiera decidido apagarse por capítulos. Cada despedida fue un golpe silencioso, medido, que no necesitaba gritos ni lágrimas; la tristeza se insinuaba en los pliegues de las manos, en el temblor de la voz, en la mirada que buscaba consuelo y encontraba vacío. Mi madre estuvo internada durante dos años en su propia casa; lo que las personas llaman internación domiciliaria. Durante ese tiempo permaneció en coma vigil: no hablaba, no nos reconocía, no se movía. Solo abría los ojos de vez en cuando, como si quisiera recordarnos que seguía ahí, atrapada entre la vida y la muerte, y que cada parpadeo era un gesto diminuto pero desesperadamente humano. A veces la llevábamos a la clínica, otras veces permanecía en casa, y cada traslado se sentía como atravesar un puente entre la esperanza y el desconsuelo. Su respiración era tenue, irregular; sus gestos, casi ine...