DONDE EL MUNDO SE DETIENE
Hay días en que todo parece pesar un poco más. No hay causa precisa, ni un motivo que pueda ponerse en una balanza; simplemente, el aire se vuelve denso y los pensamientos se apelmazan como si el cerebro se negara a procesar el mundo. En esos días, ella camina con los hombros tensos, la mirada perdida, los gestos algo torpes. No es tristeza del todo, tampoco rabia pura; es más bien una acumulación de ruido. Una especie de saturación que nadie ve, pero que le deja el cuerpo en guerra con sí mismo.
El mundo suele aplaudir a los que sonríen, a los que siempre responden con calma, a los que simulan estar bien aunque todo duela. Pero hay momentos en los que no hay sonrisa que alcance, y entonces ella se repliega, como un animal que busca la sombra más honda del bosque. No es que quiera esconderse: es que necesita silencio.
Y es ahí, justo cuando las palabras ya no sirven, cuando llega el mensaje. A veces es una frase mínima, otras un audio en mitad de la noche. No dice nada extraordinario, apenas algo como: “Cuando estás bien, te quiero mucho. Pero cuando estás mal, también te quiero mucho.”
El milagro está en el “también”. Porque el mundo suele amar solo las versiones luminosas de las personas: las que ríen, las que saben qué decir, las que no se quiebran. Pero esa voz que le llega —casi como una brisa— no le pide explicaciones ni exige que se recomponga. Solo la nombra desde la ternura, incluso cuando el caos la desborda.
Nadie lo sabe, pero a veces esa frase detiene el derrumbe. Hay algo en la forma en que la voz suena, en la respiración del otro lado del audio, en ese tono que no busca consolar sino acompañar. Es como si en algún punto invisible del universo, alguien pulsara una cuerda secreta, y esa vibración llegara directo al pecho.
Ella siempre fue de pensar demasiado. No por gusto, sino por naturaleza. Hay quienes miran una piedra y solo ven una piedra; ella, en cambio, ve el peso de todas las lluvias que la erosionaron. Vive con esa intensidad que cansa, que a veces se confunde con el enojo o con una melancolía demasiado vieja para su edad. Y sin embargo, cuando esa otra persona aparece —sin ruido, sin exigencias—, algo en ella se acomoda.
Es extraño: no se trata de amor en el sentido convencional. O quizás sí, pero de una forma que escapa al diccionario. No es un amor de promesas ni de grandes declaraciones, sino de presencia. Como si hubiera un pacto tácito entre dos almas que aprendieron a reconocerse incluso en la penumbra.
Esa conexión no nació de la perfección, sino de la grieta. Fue en los silencios incómodos, en los días de enojo, donde empezó a construirse algo distinto. Hay quienes creen que los vínculos se fortalecen en la alegría, pero a veces es en el dolor donde se revelan los verdaderos contornos de lo humano.
Ella no lo dice, pero lo siente: hay una especie de hilo que los une, una cuerda invisible que no se rompe aunque el mundo insista en hacerlo todo descartable. Cuando se enoja, cuando la realidad le grita demasiado cerca, cuando todo parece perder sentido, ese hilo vibra. Y esa vibración trae una calma que no se explica.
A veces piensa que esa otra persona no está del todo en este tiempo. Que pertenece a una frecuencia distinta, como esas radios antiguas que hay que sintonizar con cuidado. Porque cada palabra suya llega con un leve desfase, como si viniera de otro plano donde las emociones todavía conservan su pureza.
No hay grandilocuencia en su forma de amar. Y eso la desconcierta, porque venía de vínculos donde el amor se gritaba, se medía, se negociaba. Ahora, en cambio, el amor se pronuncia bajito, casi en un susurro. Un amor que no necesita ser explicado, porque ya está en los gestos: en cómo se queda despierta para enviar un mensaje cuando intuye que el otro día fue pesado; en cómo no pregunta demasiado, pero acierta igual.
Es curioso cómo algunas presencias logran desarmar el mecanismo del dolor. Ella, que siempre tuvo que sostenerlo todo sola, empieza a permitirse el descanso. Empieza a entender que no hace falta ser fuerte todo el tiempo. Que hay alguien que la quiere también cuando no sonríe, cuando el enojo le sale en fragmentos, cuando se encierra en sí misma y el mundo parece un ruido insoportable.
Esa palabra —“también”— se le queda resonando. Hay en ella una promesa secreta: la de no abandonar al otro cuando está herido. Porque querer a alguien en su plenitud es fácil; amarlo en su fragilidad, en su enojo, en su cansancio, es casi un acto de fe.
Quizás por eso la conexión entre ellos tiene algo de sagrado. No por religión, sino por el misterio que encierra. Hay algo en ese encuentro que desafía la lógica: dos almas que se reconocen sin demasiadas palabras, que saben cuándo acercarse y cuándo dejar espacio. Como si se hubieran encontrado muchas veces antes, en otras vidas, en otros cuerpos, en otras ciudades que ya no existen.
En sus mejores días, ella camina liviana, conversa, ríe. Pero incluso en esos momentos, sabe que la verdadera magia está en los otros, en los días oscuros, donde el amor no se disfraza de euforia, sino que se queda. Porque quedarse cuando el otro no brilla es una forma profunda de amor.
Ella no lo dice, pero a veces siente que esa presencia le recuerda quién es. Que la mira sin exigirle versiones, sin pedirle que disimule el temblor ni que maquille las heridas. Y eso, en un mundo que todo lo acelera, es casi un milagro.
Hay amores que iluminan desde afuera, como el sol. Pero hay otros que iluminan desde adentro, como una lámpara encendida en medio del pecho. No deslumbran, pero calientan. Y ese calor, silencioso, invisible, es el que la sostiene.
El tiempo pasará, los días volverán a ser pesados, los enojos regresarán con sus viejas máscaras. Pero algo ha cambiado. Porque ahora, cuando el mundo se le venga encima, sabrá que en algún lugar hay alguien que, sin necesidad de entenderlo todo, sigue diciendo: “también te quiero cuando estás mal.”
Y en esa frase, el mundo se detiene.
(Giorgina M. Antolini)

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