QUIETA Y PERFECTA
Hay un momento que se repite, y que parece desobedecer al tiempo: cuando la beso y, de pronto, sonríe. No una sonrisa cualquiera, sino aquella que se asoma en los labios antes de refugiarse en los párpados, en la calma del rostro. Entonces se queda quieta, como si el mundo entero se hubiera detenido, y yo me convierto en paisaje, en abrigo, en aire.
Sus ojos cerrados no esconden nada; revelan todo. Es como si cada pestaña fuera un puente hacia un lugar donde nada la perturba, donde los miedos se diluyen en la serenidad de estar sostenida. Mis brazos, mis labios, parecen suficientes para que su respiración encuentre su propio ritmo, y yo observo esa entrega silenciosa, maravillado de que alguien pueda confiar tanto en un instante.
Esa quietud tiene un idioma secreto. La risa que escapó antes no se ha ido: está contenida, mínima, como burbuja suspendida entre los suspiros. Es risa que no necesita sonido, porque ya todo lo dice con el cuerpo. Cada centímetro de su ser parece agradecer el roce, el calor, la cercanía. Uno quisiera detener el mundo para que ese segundo no termine, para que la gravedad misma se confunda con el temblor de los labios y la calma de su rostro.
Y uno entiende, en ese silencio absoluto, que lo que sucede no es simple atracción. Es algo más primitivo, más delicado: la certeza de que ahí, entre mis brazos y mis labios, se siente completa, segura, intacta. La quietud no es pausa; es un gesto de fe. Es la manera de decir “estoy acá, con vos, y puedo quedarme así”, sin pedir nada más.
Cada vez que pasa, siento que el mundo se vuelve accesorio. Los relojes, los ruidos, los pensamientos: todo se disuelve ante esa verdad mínima que se instala en un abrazo y un beso. Ella sonríe, se queda quieta, y yo me vuelvo custodio de ese instante que no necesita explicación. La risa, la calma, la piel: todo habla un idioma que solo nosotras entendemos. Y entonces uno se da cuenta de que el amor, cuando se presenta así, no necesita palabras ni certezas; solo un cuerpo que escuche, que sostenga, que permita quedarse.
Y yo la sostengo, como quien sostiene un secreto sagrado, mientras ella, entre mis labios y mis brazos, se queda quieta y perfecta, y el aire que nos rodea parece contener la eternidad de un solo suspiro.
(Giorgina M. Antolini)

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