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LA RAMITA DE LAVANDA

 

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Hay gestos que parecen insignificantes, pero no lo son. Uno vive rodeado de cosas que pasan sin dejar marca, de movimientos automáticos, de palabras dichas porque sí. Y, de pronto, aparece algo pequeño, tan pequeño que casi podría confundirse con la nada, y sin embargo ahí se abre un hueco luminoso, un espacio donde el alma puede respirar.

No sé si alguna vez les pasó, pero hay días en que todo parece tener el mismo color. Uno camina, habla, cumple, fuma, piensa —y el mundo gira, sí, pero de una forma indiferente. Y entonces, entre la repetición, alguien deja caer un detalle que rompe la secuencia, una mínima rebelión de ternura. Una ramita de lavanda, por ejemplo.

No voy a decir quién la dejó ni dónde, porque eso pertenece a otro idioma, uno que no se traduce. Pero puedo decirles que la vi, ahí, en medio de lo común, y que por un instante el tiempo se detuvo. Es curioso cómo lo pequeño puede alterar el orden de lo grande: esa florcita lila, con su perfume casi tímido, deshizo una estructura invisible de cansancio, de rutina. Fue como si el aire se volviera más blando, más respirable.

Hay cosas que no buscan decir nada y terminan diciendo todo. Una flor, una mirada, una forma de doblar una hoja, un silencio compartido. Y esa ramita, tan breve, fue eso: una palabra callada que me habló más que cualquier discurso. Porque no hay manera de fingir una intención así. Nadie pone una lavanda por descuido. Hay, detrás, una conciencia mínima, un amor que no se muestra sino que se insinúa.

A veces pienso que el amor verdadero no grita, ni exige, ni hace grandes demostraciones. Es apenas un roce, una presencia que no necesita imponerse. Es dejar una flor en un lugar donde sabés que el otro la va a encontrar, sabiendo también que tal vez no diga nada, pero va a entenderlo todo.

Esa ramita me recordó que hay gestos que son como espejos diminutos: uno se mira y se reconoce distinto. No porque cambie algo afuera, sino porque algo adentro se acomoda. La lavanda, con su olor a calma, me habló de ella, sí, pero también me habló de mí. Me mostró una ternura que no estaba perdida, solo dormida entre los días.

Pensé entonces en lo fácil que es pasar por encima de lo esencial. Cuántas veces la prisa, la costumbre, la defensa, nos hacen olvidar que el amor vive en esos pliegues mínimos. Nos enseñaron que amar era besar, prometer, decir palabras grandes; y sin embargo, a veces es solo eso: dejar una ramita en el camino del otro, sin esperar nada, solo para que el mundo le huela un poco mejor.

No sé cuánto dura el perfume de la lavanda, pero en mi memoria sigue ahí, persistiendo. Lo tengo guardado en un rincón del alma que no sabe de relojes. Cada vez que lo recuerdo, me vuelve una especie de paz antigua, como si alguien me dijera sin decirlo: “No hace falta más”.

Y pienso que quizás el amor se mide por eso, por la capacidad de hacer sentir sin pronunciar, de estar sin ocupar espacio. Es un idioma que se aprende observando, respirando, entendiendo que no se trata de cantidad, sino de verdad.

Esa flor fue una forma de presencia, pero también de silencio. Y en su silencio había algo casi sagrado, una pureza que no buscaba ser vista. La miré mucho rato, como si quisiera descubrirle el secreto, y terminé comprendiendo que no había secreto alguno, que lo verdadero no se esconde: simplemente es.

A veces me pregunto cuántas veces pasamos al lado del amor sin reconocerlo, porque esperamos que llegue con fuegos artificiales o con certezas. Pero no, el amor llega con una ramita de lavanda. Llega cuando alguien piensa en vos en medio del ruido, cuando alguien recuerda lo que te gusta, cuando alguien hace algo que no tenía por qué hacer, pero igual lo hace.

Hay amores que se explican y amores que se intuyen. El segundo tipo es el que vale la pena. Porque no depende de la lógica, ni de la conveniencia, ni del momento. Vive en los intersticios, en esos segundos suspendidos donde el alma del otro se cuela en la tuya sin pedir permiso.

Desde ese día, cada vez que siento el olor de la lavanda, me pasa algo parecido a una epifanía doméstica. No es un recuerdo fijo, sino un movimiento interno, una respiración que se ordena. Como si el mundo se alineara de nuevo, pero desde adentro.

Podría decir que fue un regalo, pero sería reducirlo. Porque un regalo tiene envoltorio, tiene fecha, tiene forma. Esto no: esto fue un signo. Y los signos no se dan, se revelan.

Lo que más me asombra es la precisión del gesto. No fue una flor cualquiera. No fue una casualidad. Fue una elección exacta. Y ahí entiendo algo sobre el amor: que es atención. Que amar es mirar con los cinco sentidos y recordar. Que amar es detenerse un segundo más de lo necesario, solo para que el otro sienta que fue visto.

Yo creo que todos necesitamos una ramita de lavanda alguna vez. No para coleccionarla, sino para entender que alguien pensó en nosotros. Que alguien, sin decirlo, nos eligió en el detalle.

Cuando lo conté —muy al pasar— algunos se rieron, como si fuera una exageración poética. “¿Todo eso por una florcita?” me dijeron. Pero los que saben de amor, de verdad, me entendieron sin que tuviera que explicar nada. Porque hay gestos que no necesitan traducción.

Con el tiempo, esa ramita se secó. Perdió el color, perdió el perfume. Pero no perdió su poder. Sigue ahí, en un rincón, recordándome que la belleza no depende de su permanencia. Que lo efímero también puede ser eterno cuando toca el lugar justo del alma.

Yo creo que eso somos: pequeños actos, flores breves en el aire de alguien. No hace falta más. Cuando un gesto nace del amor, ya es suficiente.

Y quizás eso es lo que me enseñó esa flor: que el amor, el verdadero, no se impone. Se ofrece, como una fragancia que no pide quedarse. Que no busca impresionar, solo acompañar. Que existe en la medida en que el otro lo percibe.

Desde entonces, cuando alguien me pregunta qué es el amor, ya no sé cómo explicarlo sin hablar de esa ramita. Porque ahí está todo: la sencillez, la intención, la ternura y el misterio. Esa manera tan humana y tan divina de decir te pienso sin decirlo.

La lavanda, al final, no fue solo una flor. Fue una forma de estar en el mundo. Una forma de recordarme que hay almas que caminan al lado de la nuestra sin hacer ruido, y que ese silencio puede ser el sonido más hermoso.

Y si algún día me preguntan cómo supe que era amor, no voy a hablar de besos, ni de promesas, ni de noches largas. Voy a hablar de una flor escondida en un lugar cualquiera. De un aroma leve que cambió el aire. De una ramita de lavanda que me enseñó que el amor, cuando es real, cabe en la palma de una mano y en el alma entera al mismo tiempo.

(Giorgina M. Antolini)


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