DONDE EL SILENCIO ARDE
Hay miradas que no son meras miradas. No son un cruce de ojos casual ni un gesto fugaz que se desvanece en el aire. Son, más bien, umbrales. Puertas que se abren sin ruido y que dejan pasar una claridad desconocida. No deslumbran, no irrumpen como un relámpago, sino que se instalan en lo profundo, como una luz que crece lentamente y que, cuando uno menos lo espera, ya lo ha transformado todo. Así comenzó esto. No con una palabra, no con una caricia, ni siquiera con un beso. Comenzó en ese cruce de pupilas que me estremeció en secreto. Y lo extraño fue descubrir que esa sacudida no se parecía a nada conocido. Había amado antes, había compartido antes, había sostenido antes vínculos con la serenidad que da el hábito. Pero jamás había sentido este temblor. Porque se trata de eso: de un temblor. No de un temblor que asusta, sino un estremecimiento que paradójicamente trae calma. Un temblor del cuerpo y, al mismo tiempo, una paz en el alma. Como si el corazón aprendiera a latir ...