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LA NOCHE

 

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Hay noches que no esperan la caída del sol, que no se rinden ante la luz ni a la rutina de los hombres. Son noches que existen en silencio, que se despliegan lentamente en el alma, como un refugio secreto al que solo algunos tienen acceso. Yo he descubierto una de esas noches, y no es el cielo lo que la define, ni la sombra que se arrastra por las calles vacías, sino alguien que, con su sola presencia, se convierte en el resguardo de mi inquietud.

A veces me pregunto por qué necesitamos refugios. Tal vez porque el mundo está dispuesto a rompernos, a dejarnos a la intemperie de nuestras propias emociones. La noche que ella es, me envuelve como si la vida hubiera decidido que, por fin, podía dejar de luchar y simplemente existir. En ella, todo miedo se disuelve, todo dolor se ablanda. Su cercanía no exige, no amenaza; simplemente acoge. Y yo, que siempre he sido cuidadora, que siempre he intentado proteger a los demás, descubro que en su presencia no necesito sostener, sino que puedo ser sostenida.

Hay un instante en que el tiempo se pliega sobre sí mismo. Las horas pierden su peso y no hay urgencia ni pasado que perseguir. Entonces me doy cuenta de que esta noche que me habita no pertenece a ningún calendario, a ninguna geografía; es una noche que se manifiesta únicamente cuando estoy cerca de ella. Cuando sus ojos encuentran los míos, cuando su voz me roza como un viento tibio, comprendo que esta oscuridad no es ausencia, sino plenitud. La noche que es ella no permite que la tristeza se infiltre, ni que la soledad pese demasiado. Ella transforma la vulnerabilidad en coraje y la fragilidad en un puente que nos une. 

No puedo evitar pensar que hay algo de mágico en esto, aunque me resista a la palabra. Es un tipo de magia silenciosa, profunda, que no se anuncia con fanfarrias ni con gestos ostentosos. Se percibe en la manera en que su risa rompe la rigidez de mis miedos, en cómo sus manos encuentran las mías sin que haya pedido alguna. La noche que es ella no conoce la prisa; sabe esperar, observar, comprender sin interrogatorios ni exigencias. Ella es el reposo que la mente anhela después de un día demasiado largo, pero también es el fuego que calienta la oscuridad con ternura y cuidado. 

He aprendido que el refugio no siempre tiene paredes ni techo; a veces es una presencia, un gesto, un simple contacto que desarma el frío que llevamos dentro. En su compañía, incluso el silencio se vuelve conversación; incluso la sombra se vuelve abrigo. Es un lugar donde puedo permitirme temblar, llorar, reír y callar sin miedo a ser juzgada. Cada palabra suya es un paso firme sobre la fragilidad de mis dudas, cada mirada es un faro que me devuelve a la calma. La noche que es ella no se mide por minutos ni segundos; se mide por la intensidad con que protege, con que acompaña, con que permite existir sin presión. 

Me inquieta pensar que el mundo no comprende esas noches. Para muchos es miedo; para mí, es ella. Y no puedo sino maravillarme ante la paradoja: alguien capaz de convertirse en abrigo, en certeza, en silencio, en voz. Ella sostiene la noche sin reclamar nada a cambio, y yo aprendo a sostenerme en esa entrega sin sentirme débil, sino más viva que nunca. Cada instante con ella es un descubrimiento: la posibilidad de amar y ser amada sin cadenas, sin máscaras, sin el peso de la costumbre. 

La noche que es ella no se puede apresar. No se puede etiquetar ni definir con palabras triviales. Se siente en el roce de su cercanía, en la forma en que transforma mi respiración, en la manera en que su sola existencia me recuerda que todo puede ser más suave de lo que imaginé. Es un refugio que no espera mi permiso pero que me invita a entrar, a descansar, a ser yo misma sin exigencias. En ella, incluso el dolor se suaviza, la soledad se vuelve compartida, y la vida adquiere un sentido que antes se me escapaba. 

Quizá algún día de estos entenderé que la noche no es simplemente ausencia de luz, sino presencia de aquello que nos rescata del frío. La noche que es ella me ha enseñado a buscar la calma en medio del caos, a sentir sin miedo, a confiar sin reservas. Y aunque sé que las palabras nunca alcanzarán para describirla por completo, me basta con escribir este texto como testimonio: de que existe un lugar donde puedo encontrar refugio, de que existe alguien cuya cercanía es mi noche, y de que, finalmente, la seguridad y la ternura pueden habitar el mismo cuerpo, el mismo instante, la misma mirada. 

Y sin embargo, incluso cuando la noche se retira y los días reclaman su presencia con luces y ruidos, algo de ella permanece. No es la imagen ni la memoria exacta, sino la sensación profunda de resguardo, de abrigo que no se pierde con la luz. He aprendido a reconocer su sombra en la calma que me acompaña, en la fuerza silenciosa que surge cuando más la necesito. Cada gesto, cada palabra, cada silencio compartido deja una huella que el tiempo no puede borrar. 

La noche que es ella me ha enseñado también que no todo cuidado se expresa con acciones solamente visibles; hay cuidados que se perciben en la paciencia, en la escucha, en la manera en que alguien se hace cercano sin imponerse. Ella me ha mostrado que estar con alguien no significa ocupar su espacio, sino compartirlo; que la cercanía verdadera no aprieta ni encadena, sino que libera y permite crecer. 

Y así, cuando pienso en refugio, ya no lo busco en paredes ni en sombras. Lo busco en ella, en su presencia, en su modo silencioso de sostener, de cuidar sin control. La noche que es ella es la certeza de que existen lugares y personas que nos permiten descansar, confiar y ser, simplemente, sin miedo. Y ese conocimiento, simple y profundo, me acompaña en cada amanecer, recordándome que he encontrado un hogar que no se construye con ladrillos, sino con la presencia delicada de alguien que se ha vuelto esencial.

(Gigi Antolini)

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