DONDE EL SILENCIO ARDE
Hay miradas que no son meras miradas. No son un cruce de ojos casual ni un gesto fugaz que se desvanece en el aire. Son, más bien, umbrales. Puertas que se abren sin ruido y que dejan pasar una claridad desconocida. No deslumbran, no irrumpen como un relámpago, sino que se instalan en lo profundo, como una luz que crece lentamente y que, cuando uno menos lo espera, ya lo ha transformado todo.
Así comenzó esto. No con una palabra, no con una caricia, ni siquiera con un beso. Comenzó en ese cruce de pupilas que me estremeció en secreto. Y lo extraño fue descubrir que esa sacudida no se parecía a nada conocido. Había amado antes, había compartido antes, había sostenido antes vínculos con la serenidad que da el hábito. Pero jamás había sentido este temblor.
Porque se trata de eso: de un temblor. No de un temblor que asusta, sino un estremecimiento que paradójicamente trae calma. Un temblor del cuerpo y, al mismo tiempo, una paz en el alma. Como si el corazón aprendiera a latir en dos frecuencias distintas, contradictorias y complementarias. Y yo, que creí tantas veces entender lo que significaba el amor, me descubrí ignorante. Me di cuenta de que hay formas de sentir que solo se revelan una vez en la vida, cuando el destino, con su ironía, decide desacomodarlo todo.
Y entonces llegaron los silencios. Silencios distintos a los de siempre. Porque el silencio con cualquiera puede ser incomodidad, pero con algunos pocos se vuelve lenguaje. Ese fue el segundo signo: el misterio de poder permanecer en mutismo y, aun así, comprendernos más que en una conversación extensa. Pero allí estaba también el enigma: ¿Cómo es posible que tanta conexión nos bloquee, que nos inmovilice en el umbral, que nos deje varadas en la frontera del gesto que no termina de nacer?
Quizá ese sea el destino de las almas que se reconocen: quedar atrapadas en una tensión eterna, incapaces de dar un paso, pero incapaces también de retroceder. Y sin embargo, algo en lo más profundo de mí sabe que lo inevitable acecha, que la espera no podrá sostenerse indefinidamente.
Mi miedo, lo confieso, no es al rechazo. El verdadero terror es más sutil: temo que esta historia, tan cargada de intensidad, termine apagándose por culpa de mis vacilaciones. Que la lentitud de mis tiempos, que mi torpeza para manejar el deseo y el instante, haga que ella se canse, que decida transformar esta intensidad en una amistad común, en una compañía sin riesgo, en una costumbre sin misterio. Y yo sé que si eso ocurriera, me quedaría con una herida imposible de cerrar. Porque sería como mirar cómo se diluye lo único verdadero que me fue dado.
El vértigo es inseparable de lo auténtico. No existe amor sin riesgo, no existe encuentro que valga la pena sin la posibilidad de perderlo todo. Y aunque lo sé, me descubro temblando, buscando estrategias para aplazar, para evitar ese salto al vacío. Como si pudiera conservar intacto este mundo de miradas y silencios, sin atravesar la prueba de los cuerpos, del gesto concreto, del beso que todavía no ocurre.
Lo llamo intenso. Y con eso no me refiero a lo adolescente, al fuego inmediato que arde y se consume. Hablo de una intensidad distinta, madura, que no depende de lo urgente sino de lo profundo. Es una emoción que se asienta en un suelo firme, que reconoce la vulnerabilidad y, justamente por eso, se vuelve más honda. No hay frivolidad en este temblor; lo que hay es conciencia de que se trata de algo irrepetible.
A veces pienso que ciertos encuentros llegan no para colmar nuestras expectativas, sino para desbaratarlas. No aparecen para confirmarnos en lo que éramos, sino para despojarnos de esa falsa seguridad que creíamos tener. Uno camina anestesiado por la vida, convencido de que lo ha visto todo, de que lo ha sentido todo. Hasta que un día ocurre: alguien irrumpe con la sencillez de una mirada, y de pronto el suelo se abre bajo nuestros pies.
Lo inexplicable es que este despertar no siempre se traduce en actos inmediatos. A veces el destino juega con nosotros y nos mantiene en suspenso, como si quisiera probar nuestra paciencia. Y allí estamos: mirándonos sin mirarnos, tocándonos sin tocarnos, habitando el umbral de un gesto que parece estar siempre a punto de suceder. Y, sin embargo, no ocurre. He pensado mucho en esa contradicción. Tal vez sea porque lo verdadero no se apura. Tal vez porque el alma, cuando reconoce lo esencial, necesita demorarse, resistirse, tantear con cautela el territorio. O quizá se deba al miedo compartido: el suyo y el mío, entrelazados en una danza secreta, temiendo ambas perder aquello que todavía no se ha conquistado.
Lo que sí sé es que nada es casual. Hay encuentros que son pura contingencia, simples cruces de caminos. Pero este no. Este tiene el peso de lo inevitable, el sello de lo que estaba escrito en alguna parte. Lo sé porque nada me había hecho tambalear así. Lo sé porque cuando pienso en ella, el mundo entero se vuelve más denso, más real, como si de pronto cobrara un sentido oculto.
Y sin embargo, sigo aquí, en esta frontera, entre la esperanza y el miedo. Me repito que el amor auténtico es aquel que no admite garantías, que se vive en el vértigo. Pero mi corazón late con contradicción de querer lanzarse y, al mismo tiempo, de querer conservar intacto el misterio. Porque sé que el primer beso no será un simple beso: será una ruptura, una revelación, un punto de no retorno.
Por eso lo retengo, por eso lo dilato. Pero también por eso lo anhelo. Porque ese instante condensará toda la intensidad contenida en las miradas, en los silencios, en los roces que nunca se consumaron. Será, al fin, el desenlace de una espera que parecía interminable.
Y entonces vuelvo a la mirada inicial. Aquella que me despertó cuando yo creía estar despierta. Aquella que me mostró que todavía había regiones desconocidas en mí, emociones inéditas, formas de amar que jamás había imaginado. En esa mirada se resume todo: el temblor y la calma, el miedo y la esperanza, la intensidad y la madurez.
Quizá esta sea la verdadera historia: la de un amor que todavía no se ha dicho, pero que existe con más fuerza que cualquier otro. La historia de dos almas que se reconocen en el borde del abismo y que, aun sin saltar, saben que ya no podrán volver atrás.
(Gigi Antolini)

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