LA SOMBRA Y EL RESCOLDO
Enterré a mi madre. Enterré a mi padre. Vi a mi familia desvanecerse en cámara lenta, como si la vida, en su gesto más cruel, hubiera decidido apagarse por capítulos. Cada despedida fue un golpe silencioso, medido, que no necesitaba gritos ni lágrimas; la tristeza se insinuaba en los pliegues de las manos, en el temblor de la voz, en la mirada que buscaba consuelo y encontraba vacío.
Mi madre estuvo internada durante dos años en su propia casa; lo que las personas llaman internación domiciliaria. Durante ese tiempo permaneció en coma vigil: no hablaba, no nos reconocía, no se movía. Solo abría los ojos de vez en cuando, como si quisiera recordarnos que seguía ahí, atrapada entre la vida y la muerte, y que cada parpadeo era un gesto diminuto pero desesperadamente humano. A veces la llevábamos a la clínica, otras veces permanecía en casa, y cada traslado se sentía como atravesar un puente entre la esperanza y el desconsuelo. Su respiración era tenue, irregular; sus gestos, casi inexistentes. Y aun así, cada parpadeo se convertía en un hilo que nos conectaba con ella, un recordatorio silencioso de que, aunque atrapada en su propio cuerpo, todavía existía.
Aprender a vivir con alguien en coma vigil es enfrentar la paradoja de la presencia y la ausencia. Cada día se volvía un desafío: vestirla, alimentarla, cambiarla, sostenerla en la vida mientras parecía ausente. Nos obligaba a confrontar nuestra impotencia, a medir la propia fragilidad, y a descubrir un tipo de resistencia que no se mide en músculos ni en coraje visible, sino en paciencia, en ternura silenciosa, en la capacidad de acompañar sin esperar nada. Durante esos dos años, la casa se convirtió en hospital - y los hospitales, clínicas y sanatorios en una extensión de nuestra vida cotidiana-. La rutina diaria estaba marcada por monitores, medicación, bombas de alimentación, oxímetros, tensiómetros, médicos, enfermeras, y aun así había momentos en que la vida se filtraba en pequeñas sorpresas: un leve parpadeo, un gesto inconsciente, un hilo de respiración más profundo. Cada instante así era un milagro diminuto, que nos recordaba que aún existía algo sagrado en la fragilidad.
Después de dos años de esa espera interminable, mi madre murió. La sensación de pérdida fue un abismo. El vacío que dejó no era solo físico: era la ausencia de todos esos momentos que nunca podrían ser compartidos, de la comunicación que nunca pudo existir, de la presencia que, aunque mínima, nos conectaba con ella. Durante semanas, caminé entre recuerdos y cuidados que no tenían destinatario. El mundo parecía haber perdido su ritmo, y yo con él.
Diez meses más tarde, mi padre murió de golpe. Su enfermedad había sido un secreto que nunca nos permitió conocer, y su partida repentina nos sumió en un duelo distinto, violento y abrupto. La combinación de la pérdida prolongada de mi madre y la muerte repentina de mi padre nos arrojó a un dolor profundo y doble, que parecía insuperable. Sin embargo, incluso en ese vacío, comenzaron a emerger hilos que sostenían la existencia: los hermanos, los sobrinos, los amigos que permanecían, los lazos invisibles que nos permitían no hundirnos del todo.
El duelo fue distinto con cada uno. Con mi madre, el dolor era largo, silencioso, acompañado de una impotencia que se clavaba en los huesos. Con mi padre, el dolor era súbito, violento, como un golpe que te deja sin aire. Ambos duelos, sin embargo, tenían algo en común: nos obligaban a mirar de frente nuestra propia vulnerabilidad y a descubrir la fuerza que aún quedaba en nosotros. Aprendí que la vida puede ser implacable, pero también que posee una capacidad de renacimiento que no siempre se advierte en los primeros días de la pérdida.
En medio de esta oscuridad, comenzó a aparecer un rescoldo: un hilo tenue de claridad y fuerza. No era esperanza todavía; era apenas un susurro que nos invitaba a seguir, a encontrarnos de nuevo con nosotros mismos y con quienes quedábamos. Aprendí que la vida, aunque interrumpida y dolorosa, ofrece siempre un espacio para la reconstrucción y la reencarnación emocional.
Con el tiempo comprendí que la memoria no es solo un lugar de dolor, sino también un depósito de amor y de enseñanza. Recordar los dos años de internación de mi madre no era solo rememorar su sufrimiento o nuestra impotencia; era también reconocer nuestra capacidad de acompañar, de estar presentes, en silencio, de mantener encendida la llama de la vida aunque la ausencia pareciera total.
La relación con “los que quedamos” se transformó en un refugio sagrado. Descubrimos una sensibilidad compartida que antes no habíamos percibido. Nos reíamos juntos otra vez, aprendimos a escucharnos sin juzgarnos, a sostenernos en la tristeza y en la alegría. La unión familiar dejó de ser un concepto abstracto y se convirtió en un acto consciente: estar presentes, cuidar de los demás, encontrar momentos de ternura incluso en medio del dolor. La pérdida nos enseñó a valorar lo que quedaba, a disfrutar de lo que aún podemos compartir, a construir lazos más conscientes y profundos.
Y así, lentamente, la sombra comenzó a ceder espacio al rescoldo. Esa llama diminuta, al principio apenas perceptible, creció con el tiempo. Me enseñó a mirar la vida con ojos nuevos, a valorar lo que permanece y no solo lo que se ha perdido. Aprendí que la felicidad no es un estado absoluto, sino instantes de conexión profunda: un abrazo, una conversación, una risa compartida, la sensación de que aún estamos vivos y capaces de dar y recibir amor.
Descubrí también mi propia resiliencia. Aprendí que puedo sostenerme en la soledad, enfrentar el miedo, tomar decisiones con claridad y firmeza. La vida, que antes parecía un camino de obstáculos insuperables, comenzó a mostrarme su otra cara: la posibilidad de crecimiento, de aprendizaje, de descubrimiento. Cada día se convirtió en una oportunidad para afirmar mi existencia, honrar a los que se habían ido, y reconstruir mi mundo sobre nuevas bases, más sólidas y conscientes.
Recordar a mi madre en coma vigil, a mi padre en su silencio absoluto, ya no es solo un acto de dolor; es un acto de amor y reconocimiento. Comprendí que la vida está hecha de luces y sombras, y que en cada pérdida hay también un mensaje, en cada adiós una posibilidad de futuro. Aprendí que llorar no debilita, sino que fortalece; que el dolor no es una condena, sino una enseñanza que no prepara para valorar la vida con más intensidad.
Ahora, cuando el sol entra por la ventana y el viento mueve suavemente las hojas de los árboles, siento su presencia en los detalles más sencillos de la vida. No como fantasmas que nos acechan, sino como hilos invisibles que conectan mi historia con la suya. Esa presencia me recuerda que la vida no se detiene, que la muerte no borra, que el amor trasciende lo tangible. Y en esa conciencia, encuentro un sentido profundo: continuar, vivir con plenitud, abrazar a quienes aún permanecen con un amor más consciente y más intenso.
La sombra y el rescoldo conviven ahora en mi existencia. La sombra me recuerda lo que he perdido, el rescoldo me guía hacia lo que aún puedo construir. Y en esa dualidad, en ese delicado equilibrio entre ausencia y presencia, encuentro mi verdad más profunda: que la vida, con todas sus pérdidas y hallazgos, siempre merece ser vivida con intensidad, y que el amor, incluso cuando no puede manifestarse plenamente, deja un legado de fuerza y claridad que nos acompaña para siempre.
Hoy, al mirar a mi familia reunida, al escuchar las risas de mis sobrinos, al compartir silencios que ya no duelen sino que reconfortan, siento que la vida ha vuelto a desplegarse ante mí. No es la misma que conocí antes de la pérdida; es más profunda, más rica, más capaz de sostener la ternura y el amor en su forma más pura. La sombra de la muerte todavía existe, pero ya no es amenazante; se ha convertido en un recordatorio de lo efímero y lo esencial, de la fragilidad y la fuerza que coexisten en cada instante.
Entre la sombra y el rescoldo aprendí a caminar de nuevo. Aprendí que la vida puede renacer incluso en medio de la devastación, que el dolor puede transformarse en claridad, que la unión familiar puede ser un refugio y un faro. Aprendí que, después de enterrar a los que amamos, todavía hay espacio para el amor, para la alegría, para la reconstrucción de uno mismo y de los lazos que nos sostienen.
Y así, cada día, voy alimentando ese rescoldo, dejándolo crecer, transformando la sombra en un fuego que ilumina mi camino, que me recuerda que la existencia, por más frágil que sea, siempre merece ser vivida con conciencia y plenitud.
Giorgina M. Antolini
17/11/2025

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