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LA SENSIBILIDAD QUE ME HABITA

 

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Hay días en que siento que mi piel no termina en mi cuerpo, sino que se extiende hacia el mundo. Todo me atraviesa. Las luces, los ruidos, las voces, los gestos, las miradas, las emociones ajenas… Nada pasa sin dejar huella. A veces me gustaría poder apagar algo dentro de mí, un interruptor invisible que me permitiera respirar sin sentirlo todo tan intensamente. Pero la sensibilidad no es un don que se elige, ni una carga que se abandona. Es una forma de ser en el mundo. Y a mí, me habita entera.

He pasado años intentando explicarlo, incluso a mí misma. ¿Por qué me conmueve lo que a otros les resulta insignificante? ¿Por qué necesito silencio cuando todos parecen florecer en el ruido? ¿Por qué algo tan pequeño, una palabra mal dicha, puede dolerme durante días como si me hubieran herido físicamente? Con el tiempo entendí que no se trata de fragilidad, sino de profundidad. Lo que para otros es superficie, para mí es abismo.

No exagero. Una canción puede hacerme llorar sin razón aparente. Un olor puede transportarme a un recuerdo remoto, con una precisión que asusta. Una injusticia mínima puede quitarme el sueño. La alegría de otro me puede hacer temblar, porque la siento como propia. Y sin embargo, cuando esa misma intensidad me golpea desde el dolor, el mundo se vuelve insoportable. No hay defensa posible para quien percibe la vida sin filtros.

Ser altamente sensible —esa categoría que ahora la ciencia nombra, pero que el alma ha conocido desde siempre— no es una moda ni una etiqueta. Es una forma de existencia donde el alma está constantemente en carne viva. Sabato habría dicho que se trata de “vivir despiertos en un mundo de dormidos”, y tal vez por eso la lucidez duele tanto. Porque ver de más, sentir de más, percibir lo que otros no pueden o no quieren ver, es una forma lenta de desangrarse.

En mi infancia, esa sensibilidad fue una incomodidad. Me decían que era exagerada, que todo lo tomaba demasiado a pecho. Yo lo intentaba disimular, endurecerme, aprender esa indiferencia que parecía salvar a los demás del sufrimiento. Pero la indiferencia nunca me encontró del todo. Mi cuerpo y mi alma se rebelaban: cada emoción ajena me traspasaba, cada injusticia me encendía la sangre, cada palabra brusca me hacía retroceder como un animal herido. Mientras los otros crecían adaptándose, yo seguía tropezando con la intensidad de mi propio sentir.

Más tarde comprendí que la sensibilidad no era solo un rasgo, sino una manera de mirar el mundo. Los demás observaban las formas; yo veía los temblores detrás de ellas. Donde otros encontraban normalidad, yo percibía la tensión invisible que todo sostiene. Donde otros se distraían con las luces, yo sentía el peso de las sombras. Y aunque a veces me dolía, también me regalaba una profundidad que pocos conocían: podía captar la belleza en lo más pequeño, la emoción en un silencio, la historia en una mirada.

Sabato escribió alguna vez que “la vida es un infierno donde uno está condenado a la lucidez”. Y hay días en que lo siento así. Porque la sensibilidad, cuando se vuelve excesiva, se transforma en una condena. No hay descanso posible para quien percibe los matices del sufrimiento humano en cada esquina. No hay refugio cuando se tiene el alma abierta al mundo.

A veces me pregunto si los que sentimos así pertenecemos a otra especie. Vivimos en una época donde la rapidez se confunde con la inteligencia, y la frialdad con la fortaleza. Se premia la eficiencia, no la empatía. Se celebra al que puede mirar sin afectarse, al que avanza sin detenerse a sentir. Pero nosotros —los que nos quedamos quietos ante el dolor de otro, los que necesitamos silencio, los que nos desbordamos por dentro— somos vistos como débiles o anormales. Sin embargo, sospecho que somos los pocos que aún conservan la capacidad de asombro.

Porque la sensibilidad, aunque duela, también salva. Nos permite ver la belleza en medio del caos, la ternura en el desastre. Nos recuerda que detrás de cada ser humano late un corazón que desea ser comprendido. Somos los que notamos cuando alguien calla para no romperse, los que sentimos el temblor en una voz antes de que llegue la lágrima. Y en ese saber silencioso hay algo profundamente humano.

Pero no todo es luz. Ser sensible es también una batalla constante contra la sobrecarga. El cuerpo lo resiente: el ruido, la multitud, la exigencia de estar siempre disponibles. Las emociones ajenas se pegan a la piel como polvo invisible. Hay días en que me siento agotada sin saber por qué, como si hubiera cargado con las angustias del mundo entero. Y de algún modo, así es.

He aprendido que necesito soledad. No como un rechazo, sino como una forma de respirar. En el silencio, mi mente se calma, mis sentidos se reacomodan, y mi alma vuelve a su cauce natural. No todos lo entienden. Vivimos en un tiempo donde el ruido es sinónimo de vida y el descanso de ausencia. Pero para mí, el silencio es hogar. Ahí encuentro la posibilidad de recomponerme, de limpiar lo que me impregna sin permiso.

Y, sin embargo, a veces la soledad también pesa. Porque la sensibilidad, por su naturaleza, busca conexión. Necesita vínculos sinceros, miradas que no juzguen, presencias que no invadan. No es fácil encontrar eso. En un mundo de máscaras, la honestidad emocional se vuelve un lujo. Por eso, cuando alguien logra ver más allá de mi aparente calma, cuando alguien entiende que mi silencio no es frialdad sino refugio, siento una gratitud inmensa. Hay pocas cosas más sanadoras que ser comprendido sin necesidad de explicarse.

Durante mucho tiempo creí que debía cambiar. Endurecerme, adaptarme, apagar esa antena interna que capta hasta el más leve movimiento del alma ajena. Pero cada vez que lo intenté, algo en mí se marchitó. La sensibilidad no se doma: se asume o se pierde. Y perderla sería como perder mi identidad más profunda. Porque es ella la que me permite escribir, escuchar, amar, comprender. Es la raíz de mi ternura y de mis contradicciones, la razón por la que me duele el mundo pero también la que me hace sentir viva.

He comprendido que mi sensibilidad no es un defecto que deba corregir, sino una fuerza que debo aprender a cuidar. No todos están hechos para soportar la intensidad con la que miro, escucho o siento. Algunos se asustan, otros se alejan. Pero quienes se quedan descubren una forma distinta de estar en el mundo: más lenta, más profunda, más honesta.

A veces pienso que los sensibles somos los últimos románticos de una era que perdió la capacidad de sentir. No románticos en el sentido banal de las películas, sino en el más trágico y noble: aquellos que aún creen en la posibilidad de la verdad emocional, aunque duela. Aquellos que prefieren sufrir antes que volverse indiferentes.

He aprendido a no pedir disculpas por mi forma de ser. Sí, lloro con facilidad. Sí, me afecta el tono de una palabra. Sí, necesito pausas, espacios, calma. No porque sea débil, sino porque mi sistema está hecho para percibir con una intensidad que otros no imaginan. Lo que para ellos es una brisa, para mí es un vendaval. Pero también, lo que para ellos es un simple amanecer, para mí puede ser una epifanía.

No quiero apagar eso. Aunque duela, aunque a veces me aísle. Porque la sensibilidad me enseña, cada día, que la vida no se mide por la cantidad de cosas que hacemos, sino por la profundidad con que las vivimos.

A veces me gustaría que los demás pudieran ver el mundo como lo veo yo: el temblor de una hoja antes de caer, la melancolía de una tarde gris, el milagro silencioso de un gesto amable. No necesito grandes acontecimientos para conmoverme; me basta con la respiración de alguien que amo, con la música que se filtra desde una ventana, con la certeza de que todavía hay ternura en algún rincón del mundo.

Pero también sé que esta forma de ver tiene su precio. La sensibilidad me enfrenta con la crudeza de la existencia, con la injusticia, con la soledad, con la vulnerabilidad del ser humano. Me recuerda, una y otra vez, que la vida no ofrece garantías, que amar implica exponerse, que comprender duele.

Y sin embargo, es en esa exposición donde encuentro sentido. Porque vivir anestesiada sería peor. Prefiero sentirlo todo —el dolor, la alegría, la nostalgia, el amor— a caminar por la vida sin estremecerme. Ser sensible es, al final, una forma de coraje.

Sabato decía que “solo quien ha sentido el desaliento y la desesperación puede conocer la verdadera ternura”. Creo que tenía razón. La sensibilidad no nos salva del sufrimiento, pero nos enseña a mirar el dolor con compasión, a no huir de la sombra, a entender que incluso lo roto puede ser bello.

He hecho las paces con esa sensibilidad que me habita. Ya no intento disfrazarla ni esconderla. Sé que me hará llorar en momentos inoportunos, que me hará sentir distinta, que me dejará exhausta algunas noches. Pero también sé que es ella la que me conecta con lo más esencial del ser humano. Es ella la que me permite escribir con verdad, amar sin reservas, escuchar sin juicios.

No quiero una vida más fácil. Quiero una vida más profunda. Y si eso implica vivir con el alma expuesta, que así sea. Prefiero la incomodidad de sentir que la comodidad del vacío. Porque la sensibilidad que me habita —esa que me sacude, me agota, me ilumina— es, al final, la misma que me recuerda que estoy viva.

Y vivir, en un mundo que se empeña en dormir, es ya una forma de resistencia.

(Giorgina M. Antolini)


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