REDES

Sígueme en Facebook Sígueme en Instagram Sígueme en WhatsApp Sígueme en TikTok

HUELLA

 

huella

Uno no siempre sabe qué está dejando en los demás. Creemos que las palabras se pierden, que los gestos se disuelven con el tiempo, pero después alguien repite algo que dijiste sin querer, un modo de mirar, una pequeña costumbre, y ahí entendés que algo quedó.

No es soberbia pensar en las huellas que uno deja; es responsabilidad. Porque todo el tiempo estamos enseñando, aunque no hablemos. No hace falta pronunciar frases profundas ni dar lecciones evidentes. Basta con estar presente, con la manera en que atendemos a los detalles, cómo respondemos a un error, cómo escuchamos cuando alguien tiene miedo de equivocarse.

Pienso en mis sobrinos, en mis hermanos, en mis alumnos de guitarra. Ellos me miran de formas que a veces ni registro, pero que sin duda están aprendiendo algo de mí. Tal vez no se trate de enseñanzas formales; más bien, de cómo actuamos ante la vida. Cuando uno enfrenta un desafío con calma, cuando reconoce un error sin dramatizarlo, cuando se interesa genuinamente por alguien más, aunque sea por un instante, algo de eso queda impreso. Huellas silenciosas que moldean sin que nos demos cuenta.

A veces me sorprende lo obvio: todo lo que hago puede tener un efecto, incluso cuando creo que no. Un gesto de paciencia que doy sin pensar, un comentario que hago en broma, una mirada que detiene a alguien que se siente inseguro, todo eso deja un eco. No sabemos cuándo ni dónde, ni cuánto durará, pero algo se queda. Lo que a veces se nos olvida es que, aunque seamos conscientes de lo que queremos enseñar, la vida y los otros intervienen, y a menudo lo que queda no es lo que planeamos, sino algo mucho más complejo, mucho más real.

Me detengo a pensar en mis sobrinos. Son chicos, están creciendo y todo lo absorben: los modales, las palabras, las formas de reaccionar, los silencios. No hay forma de separar lo que hacemos de lo que ellos aprenden. Es inevitable. Me pregunto si recuerdo claramente lo que me marcaron a mí, cuando era pequeña. Seguro que algunas cosas fueron invisibles, pero siguen ahí. Y ahora siento una especie de reverencia y de miedo al mismo tiempo: reverencia porque es un honor participar de ese aprendizaje, y miedo porque también es enorme la responsabilidad.

En mis hermanos más chicos, noto otra cosa: una mezcla de imitación y rebelión. No quieren ser iguales a mí, pero me observan, me estudian, buscan los límites, prueban mis reacciones. Es un juego silencioso, pero uno que marca. Y uno responde sin pensarlo demasiado, a veces de manera natural, otras veces insegura. Todas esas respuestas quedan. No se borran.

Con mis alumnos de guitarra es diferente, pero la idea es la misma. Algunos vienen buscando aprender una canción, una técnica, pero se van con algo más. Tal vez no lo digan, tal vez nunca lo digan, pero lo que captan es mi manera de enseñar, de entusiasmarme o de frustrarme, de motivar o de corregir. Cada clase es un microcosmos donde las huellas se imprimen sin que nadie se dé cuenta. Y cuando lo pienso, me doy cuenta de que enseñar no es solo transmitir conocimiento; es también compartir un modo de estar en el mundo.

Hablando de huellas, no todas son visibles. Algunas ni siquiera se perciben en el momento. Una frase dicha en un momento de calma puede quedarse en la memoria de alguien durante años. Una sonrisa puede enseñar más que una lección entera. Un silencio, una pausa, un gesto mínimo: todo eso es parte de lo que uno deja. A veces uno solo lo descubre años después, cuando alguien recuerda algo que dijiste o algo que hiciste, y todo cobra sentido de repente.

Hay huellas que no elegimos y otras que dejamos intencionalmente. Las primeras son inevitables: nuestra forma de ser, nuestras reacciones, nuestra manera de lidiar con la frustración. Las segundas requieren conciencia, voluntad. Y creo que la diferencia no está en cuál es mejor o peor, sino en ser consciente de que ambas existen y que todas importan. Porque cada persona que cruza nuestro camino recibe algo de nosotros, aunque no nos demos cuenta. Y nosotros también recibimos huellas de los demás, que a veces se superponen con las nuestras y nos transforman sin pedir permiso.

Es curioso cómo funciona esto: uno puede sentir que hace muy poco, que no está marcando nada, pero luego alguien repite una palabra, un gesto, una actitud, y ahí reconocés tu propio efecto. La vida es una cadena de huellas invisibles, de ecos que se mezclan, de marcas que no siempre son tangibles pero que son reales. La mayoría de las veces no podemos medirlas, ni controlarlas, ni preverlas. Solo podemos estar atentos, intentar actuar con coherencia, con respeto, con honestidad, y esperar que eso sea suficiente.

Pienso también en los errores que dejamos. Porque no todo lo que se marca es positivo. Una reacción impaciente, un comentario brusco, una decisión tomada sin pensar: todo eso también deja un rastro. Y reconocerlo es parte de la responsabilidad. Lo que uno puede hacer es asumirlo, aprender de ello, y procurar que esas huellas no se repitan, o al menos que enseñen algo distinto. A veces las huellas más poderosas no son las intencionadas, sino las que nacen del error, de la vulnerabilidad, de la honestidad de reconocer que no somos perfectos.

No podemos medir el impacto de cada acción ni la importancia de cada palabra, pero podemos mirar nuestro alrededor y darnos cuenta de que lo que hacemos importa, aunque nadie nos lo diga. Cada relación, cada encuentro, cada instante compartido, aunque sea breve, tiene el potencial de dejar algo que persista. Y eso no es egoísmo ni vanidad; es simplemente tomar conciencia de la responsabilidad que tenemos al interactuar con otros seres humanos.

Me detengo a pensar en las escenas cotidianas: un sobrino que me mira mientras arreglo algo, un hermano que escucha sin comentar, un alumno que repite algo que dije la semana pasada. No hay una gran enseñanza, no hay una lección formal, pero hay huellas. Todo el tiempo estamos dejando huellas, incluso cuando creemos que nada ocurre. Y eso es lo que hace que la vida tenga peso, que lo cotidiano tenga sentido, que las cosas simples importen más de lo que parece.

A veces creo que el valor de nuestras huellas está en su invisibilidad. Si fueran siempre evidentes, tal vez nos preocuparíamos demasiado por ellas. Pero justamente porque muchas pasan desapercibidas, porque se imprimen sin que nadie las note, tienen un efecto más profundo. Son huellas que no buscan reconocimiento, sino permanencia. Huellas que acompañan a otros en su camino, sin necesidad de aplausos ni de certezas.

Y cuando pienso en mí misma, en lo que dejo, trato de hacerlo con cierta calma. No con ansiedad ni con exigencia, sino con atención. Sé que voy a equivocarme, que algunas huellas no serán las que quisiera, que otras pasarán desapercibidas. Pero también sé que muchas permanecerán, de formas sutiles y silenciosas, y eso basta para que todo tenga sentido. No podemos controlar la vida de los demás ni las marcas que reciben, pero sí podemos intentar que nuestras huellas sean honestas, coherentes, respetuosas.

De algún modo, todas las huellas son enseñanzas. No porque sean lecciones explícitas, sino porque muestran cómo ser, cómo reaccionar, cómo estar presente. Y no solo enseñan a quienes las reciben, sino también a quienes las dejamos: nos obligan a mirarnos, a reflexionar, a crecer, a asumir la responsabilidad de nuestra existencia.

Al final, creo que la idea de dejar huella no es ambición ni ego; es simplemente un recordatorio de que la vida es un tejido de encuentros, de acciones, de gestos y palabras. Que todo lo que hacemos se suma a ese tejido y que, aunque no lo percibamos, formamos parte de algo más grande que nosotros mismos. Una continuidad que sobrevive al tiempo y que nos conecta con los demás, incluso con quienes ni siquiera conocemos.

Por eso miro a mis sobrinos, a mis hermanos, a mis alumnos, y trato de estar consciente de cada gesto, de cada palabra, de cada silencio. No para controlarlos, ni para dirigirlos, sino para acompañarlos de la mejor manera posible. Para que, en la medida de lo posible, las huellas que dejen sean constructivas, sinceras, auténticas. Para que ellos tengan algo que recordar que les sirva, aunque sea de manera mínima, para andar mejor por la vida.

Y mientras camino, mientras enseño, mientras escucho, me doy cuenta de que todos estamos dejando huellas. Cada persona con la que cruzamos un instante, por breve que sea, recibe algo de nosotros. Y nosotros recibimos algo de ellos. La vida es un intercambio constante de marcas invisibles, de pequeñas impresiones que forman, con el tiempo, la trama de quienes somos y de quienes se convierten en nosotros mismos.

Quizás eso sea lo más profundo de todo: no podemos controlar lo que dejamos, ni asegurarnos de su valor, ni medirlo. Solo podemos vivir con conciencia, con atención, con respeto, y confiar en que, aunque no lo veamos, algo permanece. Y tal vez, en algún instante futuro, alguien repita algo que dijimos, haga algo que mostramos sin saberlo, y allí descubramos, con una mezcla de asombro y gratitud, que nuestra existencia dejó un rastro.


(Giorgina M. Antolini)


Comentarios

Entradas más populares de este blog

ESQUIRLAS

📚 Jean-Paul Sartre

📚 Platón

📚 Noah Gordon