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PERDÓN POR PROCESAR DISTINTO

 

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A veces siento que vivo en un ritmo distinto al de los demás, y no porque quiera aislarme ni porque busque la diferencia como un privilegio, sino porque mi mente y mi cuerpo necesitan transitar el mundo de otra manera. Comprenderlo no es un capricho, es una necesidad. No puedo absorber los estímulos de la misma forma que quienes me rodean; necesito tiempo, espacio y, sobre todo, silencio para digerir lo que me atraviesa. Cada interacción, cada palabra, cada gesto de los otros tiene un peso distinto para mí, un peso que no siempre es visible, pero que condiciona cómo vivo, cómo me expreso y cómo respondo.

Perdón si no reacciono inmediatamente a lo que me dicen, si demoro en comprender lo que para otros es evidente. No es desinterés ni falta de afecto. Simplemente mi mente procesa la información de otra manera: lenta, detallada, intensa. Necesito ejemplos, comparaciones, repeticiones, porque mi comprensión no es inmediata; es como si mis pensamientos fueran un laberinto donde cada idea tiene que ser recorrida, examinada, tocada por todos sus ángulos antes de que pueda darla por entendida. Quienes esperan respuestas rápidas pueden sentirse frustrados conmigo, pero esa lentitud no es un defecto: es la forma en que aprendo, absorbo y guardo lo que el mundo me da.

Perdón si busco aislamiento, si necesito días enteros de soledad después de jornadas intensas, o si me encierro en mi casa para mirar películas repetidas. No es un capricho ni un rechazo hacia los demás; es un mecanismo de recuperación, una manera de restablecer mi energía, de recomponer mi mente después de haber estado en contacto con demasiados estímulos. El ruido, las voces, las presencias constantes, los abrazos prolongados, incluso los afectos más sinceros, pueden agotarme profundamente. Mi necesidad de soledad no es una puerta cerrada al mundo, sino una válvula que me permite volver a él más presente, más consciente, más capaz de dar lo mejor de mí.

Perdón si mis límites parecen rígidos. Si me molesta que alguien venga sin avisar, que interrumpa mi concentración o que altere mis rutinas. Esto no es arrogancia ni egoísmo: es supervivencia. Mi mente, cuando está concentrada, entra en un estado de hiperfoco que me permite crear, analizar, comprender y sentir de manera intensa. Romper ese foco es como arrancarme del aire que respiro; por eso reacciono con incomodidad. Mis límites no son un muro contra los demás, sino un refugio para que mi sensibilidad pueda existir sin ser consumida por la imposición externa.

Perdón si mis afectos no se extienden de manera uniforme. Amo profundamente a algunas personas, pero incluso con ellas, mi energía tiene un límite. No es que quiera menos a los otros, sino que mi cuerpo y mi mente no pueden sostener la cercanía prolongada sin agotarse. Amar no siempre significa acompañar sin descanso; a veces significa saber retirarse para poder volver con autenticidad.

A quienes me rodean y no entienden esto, les pido paciencia. No busco excusas ni justificaciones: busco comprensión. Mi manera de procesar el mundo es distinta, y esa diferencia no es menos valiosa que la manera en que otros lo hacen. Mi silencio, mi lentitud, mi necesidad de soledad, mi intensidad, mi hiperfoco, mi rechazo a la improvisación no son errores que deba corregir; son rasgos que me permiten existir plenamente, sentir con profundidad y crear con verdad.

Perdón si mis explicaciones parecen largas o repetitivas. Necesito poner palabras sobre lo que siento porque muchas veces el mundo no percibe lo invisible. Necesito verbalizar, mostrar ejemplos, ilustrar mis experiencias, porque la comprensión no llega sin un puente entre lo que soy y lo que los demás esperan de mí. No puedo asumir que quienes me rodean adivinen mi mundo interior; eso sería pedirles imposibles. Pido solo que escuchen, que observen, que respeten la diferencia.

Al final, vivir de esta manera no es un castigo, sino un desafío constante: aprender a ser yo misma en un mundo que no siempre espera a quienes piensan y sienten distinto. Es un camino que exige paciencia propia y ajena. Pero también es un camino que me enseña la importancia del respeto, la tolerancia y la empatía. Porque entender que alguien procesa la vida de manera diferente no disminuye su valor; al contrario, nos acerca a la riqueza infinita de las experiencias humanas.

Así que perdónenme por tardar, por retirarme, por necesitar más tiempo y espacio. No es rechazo ni frialdad, es supervivencia, es cuidado, es la única forma que tengo de estar presente sin perderme a mí misma. Y si algún día comprenden esto, si pueden aceptar que mi mundo interior no sigue el ritmo de todos, habremos dado un paso hacia algo más grande que la simple tolerancia: habremos aprendido a convivir con la diferencia con dignidad y amor.


(Giorgina M. Antolini)


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