SATURACIÓN
Hay momentos en que todo parece encajar. Estoy predispuesta, sé que puedo recibir lo que viene, puedo sostener la presencia de los demás sin sentirme arrastrada, puedo escuchar, mirar, percibir y mantener mi centro. En esos instantes, incluso el ruido más intenso o la compañía más cercana se siente llevadero, hasta amable. Mi sensibilidad trabaja como un filtro fino, un umbral que reconoce lo que puedo procesar y lo que puedo contener. Pero hay otros momentos. Momentos en los que la intensidad del afuera se acumula demasiado rápido, cuando los estímulos son demasiado para mi capacidad presente, y entonces aparece la saturación.
No es que suceda todo el tiempo. No es que la vida, en su totalidad, sea invasiva. Es solo que hay situaciones en las que no puedo anticipar la densidad de lo que me rodea, momentos en los que todo se junta: un perro que no deja de ladrar, gatos que gritan sin cesar, el bullicio constante de la calle o un lugar cerrado, la acumulación de sonidos, gestos y movimientos que no se detienen. Ahí es cuando siento que mi cuerpo y mi mente se saturan, que todo me golpea a la vez. No hay preparación posible, y la alerta llega primero al cuerpo: la respiración se acelera, los hombros se tensan, el corazón late con urgencia, y el deseo de espacio y silencio se vuelve una necesidad inmediata.
Lo curioso es que esta saturación no siempre se explica. No es cuestión de cantidad, sino de intensidad y de contexto. Hay personas que pueden estar a mi alrededor durante horas y no provocan ni una sombra de esta sensación. Hay otras situaciones, incluso breves, que bastan para que mi energía se agote. No es capricho, ni gusto personal, ni siquiera una queja: es simplemente cómo funciona mi sensibilidad. Es un radar que detecta lo que otros no notan y que, al hacerlo, me obliga a gestionar una realidad más densa de lo que parece a simple vista.
No es solo ruido físico. Hay vibraciones que no se escuchan, gestos que no se ven, emociones que se perciben sin palabras, y todo eso se suma. Es como si cada estímulo externo tuviera una pequeña carga invisible que mi cuerpo absorbe. Y cuando se acumula demasiado, el resultado es esa sensación de saturación, de exceso, de imposibilidad de procesar más. Mi mente se acelera, tratando de organizar, interpretar, comprender; mi cuerpo se tensa; y el corazón me advierte que necesito un respiro. Es un mecanismo de defensa, un aviso de que debo proteger mi centro, de que necesito espacio para recomponerme.
Lo más difícil de aceptar al principio fue que esta reacción no es un fallo. No es debilidad, ni falta de control, ni una falla de carácter. Es sensibilidad extrema, sí, pero también percepción profunda. Capto detalles que otros no registran, siento lo que otros apenas intuyen, percibo matices, vibraciones, urgencias. Y todo eso, cuando se combina de manera intensa, puede sobrepasarme. Lo importante es reconocerlo, escuchar las señales antes de que la saturación se vuelva insoportable, y aprender a crear los espacios internos y externos que me permiten recomponerme.
He aprendido a diferenciar entre lo que puedo sostener y lo que no. Cuando estoy predispuesta, puedo recibir mucho, puedo mantenerme serena, incluso cuando la intensidad del entorno es notable. Pero cuando no hay preparación, cuando los estímulos se acumulan demasiado rápido, la saturación aparece. No siempre tiene que ver con la cantidad de estímulos, sino con la densidad, con la capacidad de procesarlos en un momento determinado. Y eso varía: depende de mi estado físico, de mi estado mental, de mis emociones, de la disposición de mi energía. A veces un ruido constante me agota, otras veces puedo tolerarlo sin problema. Aprender a leer esos límites es un proceso constante y delicado, porque no siempre son predecibles.
La saturación me obliga a detenerme, aunque no quiera. Me enseña que no puedo sostener todo, que no puedo absorberlo todo, que incluso la sensibilidad más profunda tiene límites. Y ahí aparece la necesidad de silencio, de espacio, de pausas conscientes. No es huida, no es rechazo; es cuidado. Es reconocer que para poder recibir y sostener lo que vale la pena, necesito recomponerme primero. Cada pausa, cada respiro que logro, me permite volver al mundo con claridad y presencia.
Lo interesante es que esta sensibilidad no solo tiene consecuencias externas, sino internas. Hay momentos en que no proviene del afuera, sino de dentro: de pensamientos que se multiplican, de recuerdos que se cruzan, de emociones que se mezclan y exigen atención. En esos instantes, la saturación surge de la acumulación interna y externa a la vez. El silencio se vuelve urgente y necesario, no como un lujo, sino como una herramienta de recomposición. Es en esos espacios donde aprendo a escucharme, a reorganizar mi energía, a sostener mi propio ritmo antes de enfrentar lo que viene de afuera.
Con los años, también he comprendido que esta sensibilidad extrema es un don, aunque cargado de responsabilidades. Me permite percibir con profundidad, conectar con detalles que otros ignoran, sentir lo que no se dice, captar lo que no se ve. Es agotador en ciertos momentos, sí, pero es también lo que me hace vivir con intensidad y plenitud. La saturación, entonces, no es enemiga; es un aviso, un límite, una señal de que debo cuidar de mí misma para poder seguir estando presente.
He aprendido que no puedo depender de que los demás disminuyan su intensidad para sentirme bien. No puedo controlar el ruido del mundo, ni la urgencia de quienes me rodean, ni la densidad de los estímulos. Lo único que puedo controlar es cómo organizo mi energía, cómo me dispongo, cómo reconozco mis límites y creo espacios de respiro. Incluso en medio de la saturación, puedo mantenerme consciente, respirar y recordar que todo tiene un principio y un fin, que la intensidad es transitoria y que la pausa que logro me devuelve claridad y fuerza.
La saturación también me ha enseñado a discernir. A separar lo que debo absorber de lo que puedo dejar pasar, lo que me nutre de lo que me desgasta, lo que es urgente de lo que no lo es. Cada signo que mi cuerpo me da: tensión, irritación, necesidad de silencio, es un recordatorio de mis límites y una guía para navegar el mundo con mi sensibilidad intacta. He comprendido que respetarlos no es egoísmo, sino una condición para vivir plenamente y para estar presente sin perderme en la intensidad de lo externo.
No siempre es fácil. Hay momentos en que los estímulos llegan demasiado rápido, en que todo se combina y la saturación se vuelve insoportable. Mi corazón late con urgencia, mis hombros se tensan, mi mente busca orden donde no hay espacio para organizar. Es ahí cuando la necesidad de retiro y silencio se hace urgente. Y cuando cede, cuando logro recomponerme, siento un alivio profundo: no es solo descanso físico, sino un reequilibrio de mi energía, una restauración de mi capacidad de percibir sin colapsar.
He llegado a la conclusión de que esta forma de percibir, aunque exigente, es también lo que me permite vivir con intensidad. Mi sensibilidad extrema me acerca a lo profundo, a lo invisible, a lo que otros no captan. Me exige límites, cuidado y conciencia, pero me devuelve claridad, autenticidad y libertad. La saturación me recuerda que estoy viva, que siento con profundidad, que percibo con intensidad. Y aunque a veces el mundo me abrume, aunque a veces los estímulos me repudan y me deseen fuera de lugar, sé que esta forma de estar en el mundo es un rasgo valioso, y que navegarla conscientemente es un acto de cuidado, hacia mí misma y hacia lo que me rodea.
Porque vivir con sensibilidad extrema no es debilidad, no es vulnerabilidad sin sentido. Es una forma de estar en el mundo que requiere atención, disciplina y amor propio. La saturación me muestra que incluso la percepción más intensa tiene límites, y que reconocerlos es fundamental. No es cuestión de cambiar el mundo para adaptarlo a mí, sino de aprender a moverme dentro de él con respeto por mis propias capacidades. Y cuando lo logro, cuando me doy esos espacios de respiro, puedo recibir la vida con plenitud, percibir sus matices, sentir sus intensidades y sostenerlas sin perderme.
Al final, la saturación se convierte en una guía, en un espejo que refleja hasta dónde puedo llegar, cuánto puedo sostener, y cómo debo cuidar de mí misma. Me enseña que la vida no consiste en soportar todo, sino en aprender a sostener lo que vale la pena, lo que nutre, lo que permite estar presente sin agotarse. Me recuerda que la sensibilidad extrema es un don, y que navegarla con conciencia es la única manera de preservar mi centro mientras continúo percibiendo el mundo en toda su densidad y complejidad.
Y así sigo, día tras día, aprendiendo a reconocer los momentos de predisposición y los de saturación, aceptando que ambos forman parte de mi manera de existir. Cada instante intenso, cada ruido que me repudia, cada pausa que logro crear, me enseña a vivir con claridad, a percibir con profundidad y a cuidar de mi energía. Porque al final, la saturación no es enemiga; es un recordatorio de que estoy viva, de que siento y percibo, de que mi sensibilidad es mi forma de estar en el mundo, con todo lo que eso implica.
(Giorgina M. Antolini)

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