EL RIVAL
No hay enemigo que no esté en la cabeza cuando ésta quiere creer en su propia derrota. Hay quien afirma, en esa frivolidad contenida que acompaña a las afirmaciones que no se sostienen, que el rival más duro de todos reside en nuestra mente. Quizá sea verdad en la medida en que la mente, cuando se cree dueña de la realidad, decide, de modo tácito, qué merece la lucha y qué merece el reposo. Existe, acaso, otro dicho, menos sombrío tal vez, que sostiene que todos escogemos a nuestro enemigo. Y si esa elección exige una altura comparable, si la contienda debe sostenerse a la altura de aquello que deseamos, entonces el oponente no puede ser otro sino aquel que mira desde adentro. Porque sólo nuestro propio ser sabe prohibirse aquello que le da placer, aquello que ama, aquello que anhela. Sófocles encarna, en la carne de cada día, esa voz interior que conspira para que la voluntad se rinda ante la evidencia de la derrota.
La mente —y sólo la mente, nada más que la mente— puede obligarnos a abandonar la batalla sin que exista una derrota externa, sólo una renuncia que brota de uno mismo, sin coartadas, sin excusas. Para que haya retiro voluntario tiene que haber una decisión que nazca de la conciencia personal, sin padrinos, sin justificaciones prestadas. Y, sin embargo, cuántas veces el miedo se nos presenta como la puerta más fácil, más cálida, más segura. Cuántas veces la voluntad vacila ante esa voz interior que sostiene que no somos capaces, que carecemos de talento, que nuestro sueño es una trivialidad. Así la mente, con su tambor de baja autoestima y su hambre de amor propio insatisfecha, fabrica las condiciones para la derrota. Aquel comerciante que ama la venta y no vende por miedo a que no le paguen; ese ser que nace con vocación de maestro y, por timidez o por falaces certezas sobre la economía de la existencia, no se inscribe en la carrera; o aquel que, con esa mezcla de temor y esperanza, dice: “del arte no se puede vivir”, “soy menos que aquel que vendió cuadros carísimos”, “mi nómina es un ancla que me mantiene pegado a la vida que otros trazaron para mí”. Y así, de estas pequeñas capitulaciones, de estas renuncias silenciosas, se tejen las vidas que luego dicen haber perdido el camino.
El miedo no es un monstruo feroz; es una costra que se forma alrededor de la imaginación cuando ésta se atreve a no creer que merece aquello que desea. Y la verdadera batalla no es contra un adversario externo, sino contra la posibilidad de fracaso que la mente instala como dogma. No es la ausencia de talento lo que bloquea, sino el miedo a que el talento no alcance a justificarse ante la mirada de otros, ante la mirada de uno mismo después de la caída. Por eso conviene recordar: no se trata de negar la realidad, se trata de no convertirla en sentencia definitiva. No se trata de negar el dolor, sino de sostener la voluntad en medio de él.
A veces, para entender el valor de la vida y de los sueños, hay que dejarse tocar por la experiencia de vaciarse, de ahondar en el pozo del propio ánimo. Hay que sufrir, dice alguien, para valorar lo que se tiene. Y no se trata de masoquismo, sino de una pedagogía de la sensatez: entender que la plenitud no llega por ósmosis, sino por un esfuerzo sostenido, por una estrategia de lucha que se diseña, se repiensa, se ajusta. Porque hay que prepararse para el combate, sí, y luego salir a dar la batalla con la frente en alto, con la certeza de que, aun cuando la derrota asome, el proceso mismo de luchar ya vale. Retirarse no es rendirse; a veces es la forma más honesta de conservar la energía para un asalto posterior.
En esta vida, la decisión de seguir o abandonar una trayectoria no debe estar dictada por la opinión de nadie más que por la verdad interior que uno mismo se concede después de la reflexión. No tenés que demostrarle a nadie nada; no estás obligado a vivir la vida que otro pretende que vivas. No sos la proyección de tu madre, ni de tu padre, ni de la voz que en un momento te dijo “no podés”. Podés aceptar consejos, sí; podés tomar de ellos lo que te sirva y dejar lo que te estorbe, pero al final la decisión debe tomarse con fe en uno mismo, convencido de que es lo correcto, después de haber reflexionado, de haber comparado posibles sendas.
En la ruta, conviene trazar una buena estrategia de lucha, con pausas y con ritmo, con momentos de silencio para escuchar qué quiere la experiencia y qué quiere el deseo. Luego, al salir a caminar por la vida, volver a casa cuando sea necesario para recargar fuerzas, para repensar la dirección, para corregir el rumbo. El retiro, si llega, debe ser una reconfiguración, no un abandono definitivo. Y siempre volvés, como quien regresa a un lugar que sabe que le pertenece aunque esté cansado y cambiadísimo.
A veces importa el camino, a veces sólo importa llegar al final de ese camino. Pero la esencia está en aquello que anhelás con goce, con disfrute, sin trampas, con honestidad con vos mismo. Y si en el trayecto aparece la vacilación, si la duda te tienta a abandonar, recordá que la vida no es una prueba para superar a fuerza de velocidad, sino un ejercicio de constancia, de paciencia, de una paciencia feroz que te sostiene cuando ya no quedan fuerzas para sonreír. Porque la vida, en su extraña generosidad y en su incertidumbre, te ofrece la posibilidad de aprender a querer lo que hacés, y de hacer lo que amás, aunque parezca imposible.
En este mundo de prisas y de consignas, donde la imagen parece ser la medida de todo, conviene recordar que cada persona tiene su propio ritmo y su temporización. No hay un único modelo de éxito ni una única ruta para construir una vida con sentido. Cada quien sabe, o debería saber, qué es lo que le da valor, qué es aquello por lo que vale la pena levantarse cada mañana. Y si alguien te dice que no sos capaz de algo, no es la verdad que te corresponde. Es la opinión de alguien que, por miedo o por limitación, intenta dictarte la forma en que debés vivir. Pero no estás obligado a aceptar esa dictadura.
La fe en uno mismo no es credulidad ingenua; es una elección consciente, repetida, que se afirma cada vez que elegimos una acción que nos acerca a aquello que deseamos. Es creer, aun cuando la evidencia parezca desfavorable, que valemos, que podemos aprender, que podemos mejorar. Esa fe, si se combina con una estrategia de acción, puede convertir la posibilidad en realidad, o al menos en una realidad cabal: la de haber intentado, la de haber persistido, la de haber conocido un poco mejor quién sos, qué te sostiene, qué querés.
Y cuando, por fin, llegues a ese lugar que parecía inalcanzable, o al menos a ese estado en el que ya no te preguntes si podés, sino que te reconocés en tu propio recorrido, yo estaré esperando. Y si mo estoy, entonces esperame a mí. Porque aquello que anhelás debe ser vivido con goce, con risa, con esa felicidad sin trampas que nace de la congruencia entre lo que hacés y lo que sos. No se trata de un final victorioso en el sentido heroico, sino de una continuidad: un camino que se recorre, una historia que se escribe, una vida que se valida día a día.
Quiero que lo que digas se sostenga en la memoria como una verdad que no necesita ser repetida para sentirse real: el enemigo está donde menos lo esperás, en la piedra que llevás dentro, en el miedo que te susurra que no sos suficiente, en la tentación de abandonar ante la primera dificultad. Pero también está la fuerza que has de reunir para contradecir a ese miedo, la voz que te dice que sí podés, que vale la pena intentarlo, que el coraje no es la ausencia de miedo sino la decisión de avanzar a pesar de él.
Que nadie te venda un camino único, que nadie te imponga una vida que no es la tuya. Escuchá, pensá, elegí con cuidado, y luego, con esa decisión que nace de una fe clara en vos mismo, emprendé de nuevo la marcha. Retirate si hace falta, sí, pero sólo para volver a prepararte y regresar con más ganas. Porque en este mundo, tal como lo vivís, lo importante a veces no es la llegada, sino la posibilidad de haber seguido, de haber peleado, de haber aprendido a vivir con la certeza de que tu propia historia es suficiente para sostenerte.
Y si, al mirar hacia atrás, ves que la ruta fue sinuosa y que el miedo hizo de tu tiempo un tesoro perdido, recordá que cada paso te condujo a este punto en el que ahora estás, donde podés decidir de nuevo. A veces importa el camino, a veces sólo importa llegar al final de ese camino. Pero sea lo que sea que anheles más, que sea con goce, con disfrute, con risas y con verdad, sin trampas, sin máscaras que oculten lo que feroces anhelos exigen.
Y recordá. Repito. Cuando por fin llegues allá, te voy a estar esperando. Y si la vida se me puso jodida y llegás primero, entonces esperame.
(Gigi Antolini)

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