CUANDO EL CORAZ脫N SE VA
Se dice, a veces con cierto tono de certeza, que el sexo lo puede todo, que es capaz de reparar lo que la vida quebr贸, de restituir el calor que la ausencia arranc贸, de restaurar lo que la soledad devor贸. Pero esa afirmaci贸n es, en el fondo, una ilusi贸n. El cuerpo, por s铆 mismo, tiene la potencia de la respuesta inmediata: vibra, se enciende, se entrega y busca. Puede ofrecer momentos de 茅xtasis, de contacto y de fusi贸n, y aun as铆, nada de eso asegura que el coraz贸n permanezca. Porque el coraz贸n no se encuentra en la superficie de la piel ni en la urgencia de los movimientos, ni siquiera en la intensidad del deseo. El coraz贸n es otra cosa: un territorio invisible que no se puede tocar ni apresar.
Cuando el coraz贸n se va, se va silenciosamente. No hay gesto que lo detenga ni caricia capaz de retenerlo. Puede parecer, desde fuera, que todo sigue igual: los cuerpos entrelazados, los labios que buscan y se encuentran, las manos que recorren sin descanso. Pero dentro, en el espacio 铆ntimo donde habita la verdadera emoci贸n, hay un vac铆o que no se llena. Ese vac铆o no se nota de inmediato, porque los sentidos enga帽an, porque el placer f铆sico tiene su lenguaje propio, independiente de la conciencia. Se siente, finalmente, en la ausencia del reconocimiento, en la desconexi贸n de las miradas, en la distancia silenciosa que crece sin que nadie pronuncie una palabra.
El coraz贸n no se va por traici贸n ni por descuido; se va porque encuentra su lenguaje en otro lugar. Ese lenguaje no se escribe en la piel ni en la respiraci贸n compartida; se escribe en lo que no se puede nombrar, en aquello que no admite ser manipulado. El coraz贸n huye de la rutina, de la imposici贸n de la exigencia de permanecer; huye porque no encuentra resonancia, porque ya no reconoce en el otro la complicidad que antes le hab铆a dado sentido a su presencia. Se alejan cuando las palabras dejan de tener peso, cuando los silencios no se convierten en un refugio com煤n, cuando la cercan铆a se convierte en un gesto mec谩nico, vac铆o de esencia.
Se va, tambi茅n, porque no hay fuerza externa capaz de sostenerlo. Nadie puede retener un coraz贸n que decidi贸 marcharse; ni los ruegos, ni los regalos, ni los momentos de placer f铆sico son suficientes. Todo intento de anclaje forzado termina por evidenciar la fragilidad de lo que se intenta preservar. Lo que permanece no es lo que se fuerza, sino lo que surge de un deseo genuino de estar juntos, de reconocerse mutuamente, de compartir un espacio donde se pueda respirar la autenticidad del otro. El coraz贸n permanece solo all铆 donde encuentra sentido profundo, donde siente que su presencia es valorada no por lo que da, sino por lo que es.
Cuando se va, deja atr谩s el cuerpo. Ese cuerpo, que alguna vez fue veh铆culo de uni贸n, de pasi贸n y de ternura, queda como testigo silencioso de lo que fue. Permanece la conciencia del contacto perdido, la memoria de los instantes en que la cercan铆a parec铆a infinita, la sensaci贸n de que algo esencial se ha desvanecido. El cuerpo recuerda incluso lo que el coraz贸n ya no puede sostener: el calor de un abrazo que no volver谩 a ser igual, la suavidad de una piel que no se busca, la intimidad de gestos que ahora carecen de resonancia.
Y en esa presencia ausente en esa fragilidad que queda, se revela una verdad que rara vez se dice en voz alta: el amor verdadero no se conserva con esfuerzo ni con insistencia. No se preserva con la fuerza de voluntad, ni con la acumulaci贸n de momentos compartidos que pierden sentido al ser vac铆os de emoci贸n. El amor no se retiene; se reconoce. Se reconoce en la calidad de la presencia, en la transparencia de los afectos, en la honestidad del deseo de estar juntos. Y, parad贸jicamente, lo que se pierde ense帽a m谩s que lo que se logra retener.
Aprender a mirar esa p茅rdida es un acto de madurez que pocos se atreven a realizar. Porque mirar el vac铆o que deja un coraz贸n ausente es enfrentarse a la propia vulnerabilidad, a la certeza de que nada en el mundo puede obligar a alguien a quedarse. Es aceptar que la vida no ofrece garant铆as, que el afecto no se compra ni se fuerza, que el reconocimiento es un regalo y no una obligaci贸n. Y es, sobre todo, comprender que la verdadera fuerza reside en la aceptaci贸n del desapego, en la capacidad de valorar lo que fue sin intentar aferrarse a lo que ya no puede ser.
El cuerpo, entonces, se convierte en espejo y memoria. En 茅l residen las huellas de lo que alguna vez fue completo: la risa compartida, la pasi贸n que encend铆a las noches, la intimidad que parec铆a proteger de cualquier dolor externo. Pero esas huellas no son una c谩rcel; son un registro que permite entender la magnitud de la ausencia y el alcance de la emoci贸n vivida. Y en ese registro silencioso se encuentra, parad贸jicamente, la libertad: libertad para sentir, para llorar, para recordar y, eventualmente, para dejar ir.
El coraz贸n que se aleja ense帽a la distancia entre lo superficial y lo profundo. Mientras el cuerpo puede ofrecer placer ef铆mero y compa帽铆a temporal, el coraz贸n demanda resonancia, presencia aut茅ntica, comunicaci贸n sin m谩scaras. Es intolerante a lo que es fingido, a lo que es obligado, a lo que es solo una repetici贸n mec谩nica de gestos que alguna vez tuvieron sentido. Por eso se va cuando descubre que su lenguaje no es escuchado, que sus silencios no son comprendidos, que su vulnerabilidad no es acogida.
En la ausencia, tambi茅n surge la posibilidad de introspecci贸n. Cuando el coraz贸n se va, deja espacio para preguntarse sobre la propia capacidad de amar y de ser amado. Permite reconocer los momentos en que uno mismo se conform贸 con sustitutos del afecto, con gestos que aparentaban amor pero que carec铆an de profundidad. Obliga a mirar con claridad la diferencia entre el deseo pasajero y la conexi贸n verdadera, entre la comodidad de la rutina y la intensidad de la emoci贸n compartida.
El dolor que acompa帽a la p茅rdida del coraz贸n no es un castigo; es un maestro silencioso. Ense帽a la necesidad de honestidad emocional, la importancia de no confundir la pasi贸n con el amor, la relevancia de la mirada consciente y la complicidad genuina. Cada sensaci贸n de vac铆o es un recordatorio de que el afecto no puede ser comprado ni simulado, y que la autenticidad es la 煤nica garant铆a de permanencia, aunque no sea una garant铆a absoluta.
Se podr铆a decir, entonces, que el amor verdadero se reconoce en su ausencia. Que lo que se ha perdido, aunque duela, revela m谩s sobre su esencia que cualquier intento de preservarlo artificialmente. La fragilidad de lo perdido es, en s铆 misma, un espejo de la fuerza de lo que fue. Ense帽a que la cercan铆a no se mide en la intensidad del contacto, sino en la calidad del v铆nculo; que la pasi贸n no asegura permanencia, pero s铆 revela la capacidad de sentirse vivo y visto.
As铆, el coraz贸n que se va no marca un final definitivo; marca un tr谩nsito hacia la comprensi贸n de lo que significa amar y ser amado. Deja lecciones sobre la autenticidad, la presencia, la necesidad de ser comprendido sin explicaciones, de ser reconocido sin exigencias. Invita a comprender que la vida afectiva no se trata de retener, sino de reconocer, y que la verdadera fuerza emocional reside en aceptar la ausencia con dignidad y consciencia.
El cuerpo que permanece, entonces, se convierte en testigo y memoria, s铆, pero tambi茅n en un territorio de reflexi贸n. Cada roce, cada recuerdo, cada sensaci贸n de calor que queda es un punto de conexi贸n con la intensidad de lo vivido. Y esa memoria no es un peso; es un registro que permite crecer, aprender, entender los l铆mites del deseo y la profundidad del afecto. A trav茅s de ese registro, se descubre que el coraz贸n, aunque ausente, deja ense帽anzas que el cuerpo por s铆 solo no podr铆a ofrecer.
Finalmente, se comprende que el amor no es una posesi贸n, sino una experiencia. Que no se mide en la duraci贸n de la uni贸n ni en la cantidad de gestos compartidos, sino en la calidad de la presencia, en la transparencia de los sentimientos, en la claridad de la conexi贸n. Que lo perdido no es un fracaso, sino una ense帽anza; que el coraz贸n que se va revela la fragilidad de lo humano y la profundidad de lo que significa amar con conciencia plena.
Hay un momento - siempre hay uno - en el que la ausencia se vuelve tangible. No es la soledad metaf贸rica ni el silencio despu茅s de una discusi贸n: es el vac铆o concreto del espacio que ocupaba el otro. El perfume que se apaga, el sonido de una puerta que ya no se abre, la cama que de pronto parece demasiado grande. All铆 empieza el verdadero duelo, el que no se llora por amor sino por orgullo herido.
Porque cuando el otro se va siguiendo la voz de su propio coraz贸n, el que queda suele quedarse escuchando su propio eco. Y ese eco es cruel: repite preguntas que no quieren respuesta, porque toda respuesta ser铆a una forma de asumir responsabilidad. “¿Por qu茅 se fue?”, se pregunta quien queda, pero lo que en realidad quiere decir es: “¿Por qu茅 no me eligi贸, si di tanto?”. Y eso “tanto” suele estar hecho de control, de miedo, de deseo de posesi贸n disfrazado de entrega.
El coraz贸n que se queda no siempre es el m谩s noble. A veces es el m谩s terco, el que no soporta perder, el que confunde pertenencia con amor, costumbre con destino. Se aferra al pasado con la violencia de quien se ahoga y no quiere aceptar que el agua ya lo cubre. Busca culpables, reconstruye escenas, inventa motivos para sostener la narrativa de que fue traicionado. No soporta pensar que el otro no se fue por cobard铆a ni desamor, sino por coherencia, por dignidad, por respeto a s铆 mismo.
Entonces el rencor florece, y no como espina sino como ra铆z. Crece hondo, invisible, alimentado por la negaci贸n. Cada recuerdo se distorsiona: lo que fue duda ahora se convierte en mentira, lo que fue silencio compartido ahora se siente abandono. El que queda necesita creer que el otro hizo da帽o, porque solo as铆 puede evitar mirarse. Si el otro fue el culpable, uno se mantiene inocente, impoluto, v铆ctima del amor que no supieron recibir.
Pero el rencor es una forma de permanecer atado. Es el modo m谩s cruel de seguir dependiente de quien ya no est谩. La mente dice “lo olvid茅”, pero el alma sigue dialogando con una ausencia que no responde. Cada intento de olvido es una manera de recordar. Cada reproche interno es una plegaria invertida dirigida al vac铆o. Porque el odio no es lo opuesto al amor: es su sombra. Y quien odia todav铆a ama, aunque sea desde la herida.
El que queda suele convertir la p茅rdida en argumento. “Yo di m谩s”, dice. “Yo lo habr铆a arreglado”. Pero eso tambi茅n es mentira. Porque el amor no se arregla: se cuida mientras existe o se deja morir con dignidad. No hay nada que pueda restaurar lo que ya no tiene ra铆z. Pero el orgullo no permite verlo. Entonces aparecen los discursos para justificarse: “se cans贸”, “no supo amarme”, “no quiso luchar”. Palabras que suenan a consuelo, pero esconden una verdad m谩s amarga: el otro s铆 quiso luchar, pero se cans贸 de hacerlo solo.
La mente del que queda fabrica explicaciones como quien cose un manto sobre una herida abierta. “Se fue por miedo”, “se confundi贸”, “ya volver谩”. Pero el coraz贸n que se fue no teme ni se confunde: obedece a una certeza que el otro nunca quiso escuchar. Y no volver谩, porque entendi贸 que quedarse ser铆a traicionar esa voz interior que pide libertad y coherencia. El que se queda, en cambio, se encierra en un c铆rculo de reproches y nostalgias, donde cada d铆a repite la misma escena, esperando un regreso que no llegar谩.
A veces el rencor adopta la forma de desprecio. Se finge superioridad para esconder la humillaci贸n. Se dice “no lo necesito”, “no val铆a tanto”, “ya no me duele”, pero basta un recuerdo fugaz, una canci贸n, una calle compartida, para que todo el castillo de orgullo se derrumbe. Porque el desprecio no es m谩s que dolor que no quiere nombrarse. Y cuando no se nombra el dolor, se pudre. Se convierte en cinismo, en indiferencia forzada, en sarcasmo hacia la vida.
El que queda empieza a ver la relaci贸n como una historia equivocada, como un error que nunca debi贸 suceder. Pero en el fondo lo sabe: no fue un error, fue necesario. Fue el camino que ense帽贸 lo que el ego nunca habr铆a aprendido sin perder. Lo que duele no es el final, sino la imposibilidad de aceptar que uno tambi茅n tuvo responsabilidad en esa fuga. Que tal vez no supo mirar, que tal vez no supo escuchar, que quiz谩s el amor se volvi贸 c谩rcel sin darse cuenta.
Sin embargo, la mente busca alivio en la culpa ajena. Es m谩s f谩cil decir “me dejaron” que reconocer “dej茅 de cuidar”. Es m谩s sencillo acusar de abandono que admitir que uno dej贸 de ser refugio. El resentimiento se convierte entonces en el relato que sostiene el ego: una forma de protegerse de la autocr铆tica, de evitar la introspecci贸n que podr铆a liberar, pero tambi茅n desnudar. Porque mirar con honestidad duele m谩s que odiar. El odio al menos mantiene viva la ilusi贸n de tener raz贸n.
Y as铆 pasa el tiempo. El coraz贸n que qued贸, aferrado a la herida, empieza a transformarse en su propio enemigo. Todo lo que recuerda se vuelve amargo, todo lo que toca lleva la huella de la p茅rdida. Vive atado al pasado, midiendo los amores nuevos con la vara del anterior, incapaz de entregar sin comparar, de sentir sin temer. El rencor se convierte en una lente deformante que proyecta la misma historia una y otra vez, como si el alma buscara venganza a trav茅s de la repetici贸n.
El que queda no entiende que el otro no lo traicion贸: se fue para no traicionarse a s铆 mismo. Y esa es una diferencia que el orgullo no perdona. Porque aceptar eso ser铆a reconocer que uno no supo ver, no supo escuchar, no supo sostener la parte m谩s esencial del amor: la libertad.
El rencor tambi茅n tiene una paradoja: da sensaci贸n de fuerza, cuando en realidad es pura debilidad. Hace sentir que uno sigue teniendo el control - “no lo perdono”, “no lo olvido” -, pero en el fondo lo que controla es el propio sufrimiento. El que guarda rencor se aferra a su dolor como si fuera identidad. Se define a partir de lo que perdi贸. “Me doli贸 tanto que ya no soy el mismo”, dice, creyendo que eso lo hace m谩s sabio. Pero no hay sabidur铆a en no sanar; solo miedo a la ausencia del dolor, porque sin 茅l ya no sabr铆a qui茅n es.
Y mientras tanto, el otro sigue viviendo. No como un enemigo, no como un fantasma, sino como alguien que eligi贸 la paz sobre el desgaste, la verdad sobre la apariencia. El que se fue ya no mira atr谩s. Quiz谩 todav铆a siente ternura, quiz谩s a煤n recuerda con gratitud, pero su viaje no admite retorno. Y el que queda no lo entiende: cree que la ausencia del otro es venganza, cuando en realidad es liberaci贸n.
Llega un momento en que la vida obliga a mirarse. A entender que el amor no se rompe solo porque uno se va: se rompe mucho antes, en los peque帽os gestos de indiferencia en las palabras no dichas, en los abrazos sin alma. Y quedarse rumiando la culpa ajena es una forma de seguir negando la propia ceguera. El que queda con rencor no entiende que la ausencia del otro es tambi茅n un espejo, que el silencio que tanto lo atormenta es el eco de su propia negaci贸n.
El rencor es, en 煤ltima instancia, una forma de amor que no aprendi贸 a transformarse. El amor que se pudri贸 por no poder florecer de otra manera. Es la 煤ltima resistencia del ego ante lo inevitable. Pero, a diferencia del amor, no construye: corroe. Desgasta. Convierte lo vivido en rutina y lo compartido en herida.
Solo cuando el que queda se atreve a mirar sin buscar culpables, sin justificar su propia ceguera, puede empezar a soltar. No porque el dolor se haya ido, sino porque ya no tiene sentido sostenerlo. Porque se comprende que la partida del otro no fue un castigo, sino un acto de coherencia. Que no fue desamor, sino necesidad de respirar. Y entonces, lentamente, el rencor se disuelve. No en olvido, sino en comprensi贸n.
Porque, al final, nadie pertenece a nadie. Cada amor es un encuentro fugaz entre dos libertades. Y cuando una de ellas siente que ya no puede ser, lo m谩s digno que puede hacer es irse. El verdadero amor no se mide en la cantidad de tiempo que dura, sino en la honestidad con la que se despide.
Y el que queda, si alg煤n d铆a logra entender eso, deja de mirar la puerta cerrada y empieza a mirar el espejo. Descubre que ya no hay verdugos ni v铆ctimas, solo seres humanos intentando amar lo mejor que pueden, fallando muchas veces, aprendiendo siempre. Y entonces s铆, en ese instante de lucidez, el coraz贸n que qued贸 - aun roto, aun dolido - vuelve a ser capaz de sentir. No por el que se fue, sino por la vida misma.
El coraz贸n que se fue no se march贸 de repente ni por capricho; se fue cargando una historia invisible, hecha de silencios que dol铆an m谩s que las palabras, de gestos ignorados, de se帽ales de abandono que nunca fueron entendidas. Cada vez que planteaba algo que lo her铆a, lo que ped铆a, lo que rogaba con ojos y voz temblorosa, se encontr贸 con indiferencia, con respuestas autom谩ticas, con la ilusi贸n de que todo estaba bien. Y as铆, poco a poco, la decepci贸n se convirti贸 en herida, y la herida en distancia.
Dol铆a que sus palabras fueran tomadas como reclamos innecesarios, que su tristeza fuera interpretada como exageraci贸n, que su vulnerabilidad se viera como debilidad. Dol铆a mostrar los temores, los miedos a perder la conexi贸n, y recibir a cambio explicaciones superficiales, promesas que se repet铆an sin convicci贸n, gestos que parec铆an cumplir un protocolo m谩s que un deseo aut茅ntico de reparar lo que dol铆a. Cada intento de abrirse se encontraba con la m铆nima resistencia: un giro de ojos, un silencio inc贸modo, una caricia que pasaba por encima de la emoci贸n, pero nunca la tocaba.
El dolor se acumulaba en el cuerpo, silencioso, invisible para quien asum铆a que todo estaba bien. Porque el que se qued贸 estaba convencido de que los momentos felices bastaban para sostener la relaci贸n, de que la intensidad de los abrazos borraba los reproches no dichos, de que las risas compartidas compensaban la tristeza que el coraz贸n que se fue sent铆a cada vez que no era escuchado. No hab铆a malicia, tal vez, pero hab铆a ceguera. Y esa ceguera acumulada, fue lo que lo oblig贸 a partir.
Dol铆a la desconexi贸n cotidiana: ver que la mirada se distra铆a mientras hablaba, que los gestos de ternura se repet铆an por h谩bito o eran escasos, que las promesas eran eco vac铆o, que los momentos de complicidad eran solo fragmentos de algo que ya no exist铆a en su totalidad. Dol铆a darse cuenta de que el otro no percib铆a la profundidad de su dolor, que no sent铆a la angustia de la falta de atenci贸n, que no comprend铆a que la presencia f铆sica no basta para sostener un coraz贸n que exige reconocimiento.
Dol铆a sentirse incompleto a pesar de estar acompa帽ado, escuchar el “todo est谩 bien” y sentir que era mentira, sentir que la distancia que crec铆a entre ellos se disfrazaba de rutina, de costumbre, de amor que “todo lo puede”. Dol铆a confiar y que esa confianza fuera tomada como normalidad, naturalidad, sin valorar la entrega que cada palabra, cada l谩grima, cada gesto implicaba. Dol铆a amar y recibir a cambio distracci贸n, olvido, negligencia silenciosa, y ver que todo eso pasaba inadvertido para el otro, como si no tuviera importancia, como si lo m谩s importante fuera siempre lo visible, lo superficial, lo c贸modo.
Dol铆a ver que, incluso cuando planteaba situaciones dolorosas, eran minimizadas o reinterpretadas para proteger el orgullo ajeno. Que su sensibilidad se considerara exageraci贸n, que su temor a perderse en la relaci贸n fuera tomado como drama, que su necesidad de reciprocidad y atenci贸n fuera confundida con exigencia. Cada “no pasa nada”, cada sonrisa que pretend铆a tranquilizarlo, reforzaba la sensaci贸n de soledad, de que su coraz贸n estaba solo aun dentro de la relaci贸n.
Dol铆a que sus silencios no fueran entendidos, que su mirada que ped铆a comprensi贸n fuera interpretada como indiferencia, que su risa fuera aceptada sin escuchar lo que no pod铆a decir en palabras. Dol铆a descubrir que la entrega no garantiza resonancia, que la presencia no asegura que se perciba el vac铆o interior, que los momentos compartidos no llenan lo que no se habla. Dol铆a sentir que se buscaba comunicaci贸n y se encontraba silencio; que se buscaba complicidad y se encontraba rutina; que se buscaba cuidado y se encontraba negligencia disfrazada de normalidad.
Dol铆a amar y que el otro no supiera que cada gesto de indiferencia era una cuchilla que cortaba poco a poco, que cada risa falsa dol铆a como la ausencia de alegr铆a compartida, que cada palabra que no comprend铆a el dolor era un peso que se acumulaba hasta hacerlo insostenible. Dol铆a vivir en una relaci贸n donde el amor estaba presente solo en apariencia, mientras el coraz贸n que se fue comprend铆a, en silencio, que la vida no se sostiene en promesas ni en deseos, sino en comprensi贸n, en escucha, en resonancia real.
Y entonces, cuando lleg贸 el instante en que la paciencia se agot贸, cuando el coraz贸n decidi贸 no buscar m谩s ecos donde no exist铆an, no se march贸 por rencor ni por venganza. Se march贸 con la dignidad de quien sabe que no se puede amar solo; con la certeza de que quedarse ser铆a traicionar su propia necesidad de reconocimiento y de respeto: con la tristeza profunda de quien dej贸 atr谩s una historia que nunca tuvo la oportunidad de ser plena. Se fue porque entendi贸 que todo lo que dol铆a, todo lo que ped铆a y no fue escuchado, todo lo que qued贸 invisible, no ten铆a salvaci贸n mientras el otro permaneciera convencido de que todo estaba bien.
Se fue dejando, sin querer, la memoria de un dolor silencioso, la evidencia de que no todo amor se sostiene en lo visible, que no toda entrega es suficiente cuando no hay resonancia, y que a veces partir es la 煤nica forma de ser fiel a uno mismo.
Dol铆a, sobre todo, que las excusas fueran tan obvias y mec谩nicas. Hab铆a que trabajar. Cuando en realidad la desconexi贸n no se deb铆a a la falta de tiempo, sino de inter茅s. Cada tarea, cada obligaci贸n laboral se transformaba en justificaci贸n para evitar la cercan铆a, para eludir la conversaci贸n, para escapar de la intimidad que exig铆a compromiso emocional.
Dol铆a la desigualdad. La intimidad se convert铆a en un escenario donde el deseo del otro era ley, y el propio deseo, invisible. Cada encuentro era a su conveniencia, cada caricia a su horario, cada abrazo condicionado por su voluntad. El coraz贸n que se fue no ped铆a imposibles: ped铆a reciprocidad, respeto, el derecho de sentir que su cuerpo y sus necesidades eran reconocidos, que la entrega no fuera unilateral. Pero esa petici贸n era recibida con silencios, con evasivas o incluso con peque帽os castigos disfrazados de rutina. Y as铆, entre excusas y negaciones, entre indiferencia y posesi贸n, el dolor crec铆a, silencioso pero implacable, preparando el terreno para la inevitable partida.
Y entonces, en la quietud que nadie notaba, se hizo obvio. Cada demora, cada indiferencia, cada excusa para evitar la cercan铆a sumaba peso invisible sobre un coraz贸n que no ped铆a imposibles, sino solo reconocimiento. Era tan claro, tan evidente para quien sent铆a, que el desgaste no era un accidente ni una elecci贸n casual: era la consecuencia l贸gica de tantos silencios y ausencias. El cuerpo pod铆a permanecer, pod铆a buscar y ofrecer lo que el otro nunca supo recibir; pero el coraz贸n, ese que no tolera la mentira ni la rutina disfrazada de amor, simplemente se cans贸. Y as铆, sin estr茅pito ni reproche, se fue.
(Gigi Antolini)

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