EL LUGAR EN DONDE QUIERO ESTAR
Hay días en que la presencia de ella se confunde con el aire. No es que una la busque, sino que aparece, inevitable, como si el mundo tuviera la delicadeza de ponerla siempre a la distancia justa. Hay algo en su forma de existir que no interrumpe, que no exige, que simplemente está, y yo me descubro girando alrededor de esa calma suya como quien encuentra un centro sin haberlo planeado. Ella es el lugar donde quiero quedarme, aunque ese lugar no se mide en metros ni en horas, sino en el modo en que su presencia ordena mi respiración.
A veces nos cruzamos y todo parece natural, casi cotidiano, pero dentro de mí hay un temblor mínimo, una vibración que no tiene nombre. Puedo hablarle de cualquier cosa, lo más banal o lo más profundo, y en su modo de escuchar hay un silencio distinto, uno que no es ausencia sino atención. Cuando sonríe, el tiempo se desarma y yo olvido lo que estaba diciendo. No porque me distraiga, sino porque su gesto tiene una manera de devolverme al presente, como si todo lo anterior fuera apenas una sombra de este instante.
No hay nada grandioso en los momentos que compartimos, y sin embargo, hay una intensidad que no se parece a nada. El sonido del agua cayendo en la pava, el roce del cigarro que enciendo mientras ella habla, la forma en que mueve las manos cuando explica algo, todo eso se convierte en una suerte de ritual secreto. Nadie lo vería, nadie entendería por qué un silencio puede ser tan pleno o por qué una mirada puede sostener un universo entero. Pero yo sí, porque me quedo ahí, respirando ese tiempo que solo existe cuando ella está cerca.
A veces, cuando la tarde cae y el ruido del día empieza a disolverse, me quedo pensando en cómo logra habitar el mundo con esa serenidad que no se impone. Hay personas que ocupan el espacio con ruido, con urgencia, con palabras; ella no. Ella se instala despacio, sin pedir permiso, y una termina agradeciendo que lo haya hecho. Su presencia tiene el ritmo del agua que corre: constante, inevitable, pero suave. Y yo, sin decirlo, sin planearlo, voy descubriendo que quiero quedarme ahí, en ese fluir tranquilo donde nada falta.
Cuando coincidimos fuera de todo lo habitual, el aire cambia. Su casa, la mía, cualquier rincón donde el tiempo se detenga un poco, adquiere una claridad distinta. Las cosas parecen más nítidas, como si la luz misma supiera que algo esencial está ocurriendo. Hay momentos en los que simplemente hablamos, otros en los que el silencio basta. Y en ese silencio, ella tiene una manera de mirar que me deja suspendida, como si pudiera verme más allá de las palabras, más allá del cuerpo, en esa región donde uno deja de fingir.
Recuerdo una de las veces que se quedó un rato más, a pesar del cansancio. Dijo que tenía sueño, que había sido un día largo, pero igual se sentó, con esa sonrisa pequeña que parece excusa y decisión al mismo tiempo. No hizo falta decir nada. Yo entendí que no venía a buscar algo concreto, sino a estar. Y en ese gesto, en esa quietud compartida, sentí una paz que hacía mucho no encontraba. No era euforia, ni deseo desbordado, era algo más profundo: la certeza de estar en el lugar correcto, aunque el mundo siguiera girando allá afuera.
Ella tiene esa forma de acercarse sin invadir, de quedarse sin retener. Y yo, que he pasado tanto tiempo huyendo de lo que me exige, descubro que hay amores que no piden nada, que solo ofrecen un espacio en donde una puede descansar. No descansar de la vida, sino en la vida. Su manera de escuchar, de asentar, de sostener la mirada sin interrogar, me hace sentir que no tengo que ser más que esto que soy. Y eso, que parece poco, lo cambia todo.
A veces pienso que no hay mejor definición de hogar que ese momento en que ella me habla y yo dejo de pensar. No porque me anule, sino porque todo pensamiento se vuelve innecesario. Me quedo mirándola, intentando no hacerlo demasiado, y sin embargo sabiendo que podría hacerlo para siempre. Ella no sabe - o tal vez sí - que cada uno de sus gestos se queda en mí como una nota de música que no deja de sonar. A veces creo escucharla incluso cuando no está, como si el aire guardara su frecuencia y la repitiera, suave, solo para mí.
La veo moverse y pienso que hay algo en su forma de habitar el mundo que no puede aprenderse. No es dulzura, ni fortaleza, ni misterio, aunque tenga algo de todo eso. Es una especie de verdad tranquila. Una forma de ser sin artificio, como si no necesitara probar nada. Y eso me desarma. Me obliga a mirarme sin defensas, sin máscaras, con la misma calma con la que ella enfrenta las cosas. Me hace querer quedarme no solo con ella, sino también en mí, en la versión que aparece cuando estoy a su lado.
Los días pasan y se parecen, pero nunca del todo. Siempre hay un matiz nuevo, un gesto distinto, una palabra que se desliza y deja huella. Y yo las guardo todas, sin querer, como quien guarda piedras lisas en los bolsillos después de una caminata. No para usarlas, sino porque no puede evitar querer tenerlas cerca. Así me pasa con ella: cada encuentro, cada risa, cada conversación mínima se vuelve parte de algo más grande, algo que crece sin que tengamos que nombrarlo.
Cuando cae la noche y me quedo sola, no siento vacío. Siento su presencia dispersa en los rincones, como si hubiera dejado partículas de sí en el aire. Enciendo un cigarro y me descubro sonriendo sin motivo. Quizás porque el día tuvo su parte de ella, y con eso alcanza. No necesito promesas ni certezas, solo la continuidad de esa sensación: saber que existe, que está, que puedo encontrarla de nuevo al doblar cualquier esquina del tiempo.
Hay algo profundamente sereno en querer quedarse sin pretender poseer. En saber que el amor también puede ser quietud, y que la cercanía no necesita drama para ser intensa. Ella me enseña eso sin proponérselo: que estar presente es suficiente, que la ternura puede ser firme, que el deseo puede ser un espacio donde se respira y no una llama que consume. Y quiero quedarme ahí, en esa forma nueva de habitar el afecto, donde todo se sostiene en lo simple.
A veces la miro y pienso que podría escribir cien páginas sobre la manera en que su cabello cae sobre los hombros, o sobre cómo inclina la cabeza y fija la mirada cuando algo le interesa. Pero sé que nada de eso la describiría del todo. Ella no cabe en la descripción, porque no es una suma de rasgos, sino una experiencia. Y esa experiencia no se explica, se siente. Yo la siento en la piel, en la respiración, en la calma que me deja cuando se va.
El mundo podría seguir con sus urgencias, sus ruidos, sus pequeñas guerras cotidianas. Yo, mientras tanto, me quedo con la imagen de ella tratando de desenredar su pelo con los dedos, o agarrando el el bolso - sonriendo - apenas antes de salir. Hay algo perfecto en esa despedida, algo que no duele, porque sé que son pausas, son “hasta luego”. Y en esa pausa se acomoda mi vida, paciente, esperanzada, serena.
Ella no lo sabe, o tal vez lo intuye, pero cuando pienso en un lugar donde quiero quedarme, no imagino paredes ni calles ni paisajes. Imagino su manera de decir mi nombre, la forma en que me mira cuando está a punto de reírse, el modo en que se inclina para hablar o escuchar. Imagino el espacio que se crea entre las dos, ese breve territorio donde el tiempo no importa y el mundo me parece menos pesado.
Y entonces lo entiendo: no hay mapa, ni frontera, ni nombre para ese lugar. Solo existe ella. Y su existencia basta. Porque en su modo de estar, en su calma que me alcanza, en la manera en que el silencio se vuelve refugio cuando estamos juntas, encuentro algo que no quiero soltar.
Ella es el lugar donde quiero quedarme. No porque me falte algo, sino porque todo lo demás, fuera de ese instante, parece menos verdadero.

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