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EL RUIDO DEL MUNDO Y LOS QUE CAMINAN DESPACIO

 

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A veces el mundo se mueve demasiado rápido. Las palabras llegan antes de tener sentido, las luces parpadean como si quisieran dejar ciega la mente, y los sonidos se superponen sin permiso. Hay días en los que todo parece demasiado: las voces, los relojes, las risas, incluso el aire que vibra con su propio peso invisible. No es que odie a las personas, ni que desee vivir al margen; es solo que mi cerebro se abruma con el sonido, con el exceso, con esa vorágine de estímulos que para otros parece natural. Para mí, cada cosa llega con una intensidad que los demás no notan, y cada sensación se multiplica como un eco que no sabe dónde terminar. 

Desde afuera podría parecer que vivo en cámara lenta. Pero no es la lentitud lo que me define, sino la profundidad. Mientras otros saltan de una idea a otra como si cruzaran un charco, yo me quedo en el borde, mirando el reflejo del agua, intentando entender qué hay debajo. Necesito tiempo para procesar lo que oigo, lo que veo, lo que siento. Mi mente no corre; observa, diseca, se enreda y se expande. Y aunque a veces ese proceso me aísle o me vuelva torpe frente al ritmo social, es también lo que me permite comprender lo invisible: los matices de una palabra, las grietas de un gesto, la música escondida en un silencio. 

Vivir así tiene algo de exilio. El mundo no espera a los que piensan distinto. Las conversaciones se escapan, los mensajes se acumulan, las preguntas quedan sin responder porque todavía estoy organizando dentro de mí la primera emoción. No es falta de interés ni desdén, es apenas el intento de ordenar lo que para otros parece simple. Algunos interpretan mi silencio como frialdad, mi necesidad de distancia como desinterés, pero en verdad es lo contrario: me importan tanto las cosas que necesito protegerme de su intensidad. Todo me atraviesa, todo me afecta, todo se queda.

Cuando el ruido me abruma, busco refugio en el arte. La música, la palabra, el color: son lenguajes donde puedo respirar sin traducirme. En el arte no necesito explicaciones; el arte no me exige velocidad ni respuestas inmediatas. Me permite sentir a mi ritmo, crear con mis pausas, escuchar sin miedo a quedarme atrás. Es es ese espacio donde comprendo que mi manera de procesar no es un error, sino una forma de existencia. El arte no pide adaptación, abraza la diferencia como materia viva. 

Hay un malentendido general que pesa sobre quienes pensamos así: que el silencio es vacío, que la soledad es una falla, que la lentitud es desinterés. Pero el silencio no es ausencia, es territorio fértil. En él puedo recomponerme, dejar que el ruido se asiente, distinguir lo esencial de lo accesorio. El mundo está tan acostumbrado a la respuesta inmediata que olvida que la comprensión real necesita reposo. No se puede escuchar profundamente si no se aprende primero a callar.

Mi mente funciona como un instrumento afinado de manera distinta. Cada estímulo vibra en una frecuencia propia y, si el entorno se vuelve demasiado intenso, la melodía se transforma en ruido. Por eso, a veces necesito apartarme. No para desaparecer, sino para poder volver. Quien vive con esta sensibilidad sabe que incluso el afecto más genuino puede cansar. Las reuniones, las risas, los abrazos, los sitios llenos de voces: todo eso que para otros es cotidiano, para mí es un torbellino de energía que me deja exhausta. Y sin embargo, no cambiaría mi forma de sentir. Porque en esa vulnerabilidad también hay una lucidez que el ruido no conoce. 

Procesar distinto implica aceptar que no siempre encajo en los tiempos de los demás. Que me pierdo de cosas, sí, pero también descubro otras que solo aparecen en la lentitud. Un pensamiento necesita madurar, una emoción necesita desplegarse, un recuerdo necesita ser mirado sin apuro. Mi mente no sabe correr, pero sabe contemplar. Y eso, aunque a veces duela, es también una forma de belleza. 

Aprendí que tener límites no es un acto de egoísmo, sino de respeto. No puedo recibir visitas sin aviso, no puedo tolerar interrupciones cuando mi mente está concentrada. Mi foco es frágil y a la vez absoluto: cuando algo me interesa, desaparece el mundo; cuando alguien irrumpe, todo se desordena. Es difícil explicarlo sin parecer exagerada, pero es así: la concentración es mi refugio y mi arma. Romperla es romperme un poco. Por eso, mis límites no son muros, son respiraderos. No los levanto contra nadie, los levanto para poder existir.

He pasado mucho tiempo intentando encajar, fingiendo que comprendía lo que no comprendía, riendo a destiempo, respondiendo con palabras vacías solo para que nadie notara mi desconexión momentánea. Pero llega un punto en que el disfraz pesa más que la diferencia. Comprendí que vivir fingiendo comprensión es más agotador que aceptar mi rareza. No necesito convencer a nadie de que mi mente funciona bien. Solo necesito que me dejen funcionar a mi manera. 

Las personas que me quieren a veces se frustran. No entienden por qué necesito tanto tiempo para responder un mensaje, por qué me aislo sin aviso, por qué rehúyo las multitudes o los ruidos. Intento explicarlo con metáforas: es como si mi cerebro fuera una esponja que absorbe todo, incluso lo que otros dejan pasar. Y cuando está empapada, necesito exprimirla sola, en silencio. Si no lo hago, me ahogo. No es drama, es biología. No es falta de amor, es supervivencia. 

Vivir en este ritmo distinto también me enseñó algo esencial: la empatía nace del respeto, no de la comprensión. No hace falta entender cada detalle de cómo funciona mi mente para acompañarme. Basta con no forzarme a ser otra cosa. La verdadera compañía no impone ritmo, acompasa el paso. Y a veces, el amor más profundo se demuestra justamente en el silencio compartido.

No niego que hay días difíciles. Días en que el mundo parece una sinfonía desordenada que no puedo seguir. Días en los que me siento una nota fuera de escala. Pero también hay días en que todo encaja, en que la música del mundo suena armónica porque aprendí a tocar a mi manera. He descubierto que no hay un único modo concreto de procesar la realidad: hay tantas formas como mentes existen. La diferencia no es un defecto del sistema, es su riqueza. 

Ojalá aprendiéramos desde temprano que no todos pensamos igual, que no todos sentimos igual, que no todos soportamos igual. Ojalá las escuelas enseñaran que la sensibilidad no es debilidad, que la lentitud puede ser una forma de inteligencia y que el silencio no siempre es vacío. Tal vez así creceríamos en un mundo más amable con los que caminan despacio.

Mi manera de procesar es un espejo invertido: donde otros ven simplicidad, yo veo capas; donde otros avanzan, yo observo. Me lleva tiempo asimilar, pero cuando lo hago, lo que entiendo se me queda grabado con una claridad que pocas cosas borran. A veces esa claridad duele, porque no puedo apagarla. Pero también me permite ver lo que pasa desapercibido: los matices de la luz, las grietas en una voz, la ternura detrás de un gesto distraído. 

No busco excusas ni indulgencias. Solo busco un mundo donde la diferencia no tenga que justificarse. Donde la gente entienda que la mente humana no viene con un único manual de uso. Que algunos de nosotros necesitamos más tiempo, más silencio, más distancia. Que no es un capricho, es un modo de sobrevivir. Y sobre todo, que la diversidad mental es tan necesaria como la biológica: sin ella, el pensamiento se empobrece. 

Si alguna vez me ves apartarme, no pienses que huyo. Estoy respirando. Si me ves callar, no pienses que no tengo nada que decir. Estoy pensando. Si me ves mirar al vacío, probablemente esté viendo algo que todavía no tiene nombre. Y si demoro en responderte, no es que no te escuche, es que quiero entenderte bien antes de contestar. 

El mundo necesita más pausa, más escucha, más tolerancia hacia lo distinto. Porque quienes procesamos de otro modo no somos una falla del sistema: somos el recordatorio de que pensar también puede ser un acto artesanal. Que sentir no siempre es inmediato. Que existir, a veces, requiere un compás más lento. 

Y aunque a veces duela caminar en este ritmo que no coincide con el resto, sigo creyendo que hay belleza en la diferencia. Que hay verdad en la lentitud. Que hay humanidad en el silencio.


(Gigi Antolini)

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