LA BELLEZA QUE NOS SALVA
Hay algo en la belleza que nos perturba desde que el hombre abrió los ojos por primera vez en la tierra. Quizá fue el cielo incendiado al amanecer lo que lo detuvo, quizá el rumor de un río reflejando la luna, o tal vez la ternura inexplicable en el rostro de otro ser humano que lo miraba por primera vez con amor. Lo cierto es que la belleza irrumpió como un relámpago en la conciencia, como una herida inaugural que no cicatrizaría jamás.
Porque lo bello no es solo un adorno del mundo: es el temblor que lo atraviesa, la señal de que hay algo que excede la mera supervivencia. El hombre primitivo podía cazar, podía defenderse, podía dormir bajo un techo improvisado. Pero cuando escuchó el canto de un pájaro en la madrugada, cuando trazó líneas torpes en las paredes de una cueva, cuando recogió una piedra simplemente porque brillaba el sol, algo en él se quebró para siempre. Nació el desvelo, la nostalgia, el ansia de sentido. Y con ellos nació también la condena a no poder vivir sin belleza.
En el fondo, toda nuestra historia puede contarse como la búsqueda incesante de esa primera conmoción. Las civilizaciones se levantaron no solo para comer y guerrear, sino también para erigir templos, pintar frescos, esculpir cuerpos que desafiaban el tiempo. Y sin embargo, cuanto más quisimos atrapar la belleza, más se nos escapaba entre las manos. Porque lo bello nunca pertenece del todo a este mundo: es apenas una rendija por donde se filtra la eternidad.
Hay quienes creen que la belleza está reservada para los grandes museos o para los cuerpos que cumplen las leyes de la proporción. Pero la verdadera belleza suele estar oculta en lo que el mundo desprecia. Es en lo frágil donde se esconde su misterio más profundo.
He visto más hermosura en las arrugas de una anciana que en la piel tersa de una modelo. Porque esas arrugas son mapas, huellas de una vida que resistió dolores, pérdidas, alegrías y amores. Allí late la verdad que ninguna cirugía puede inventar. He visto más belleza en un niño que extiende su mano temblorosa que en un monumento grandioso de mármol: en ese gesto humilde, en esa vulnerabilidad, arde la chispa de lo humano.
La belleza no se muestra con estridencias; aparece de repente, en la penumbra de lo cotidiano. En el mate compartido durante una madrugada fría, en la sonrisa torpe de alguien que no sabe cómo expresar lo que siente, en la lluvia golpeando el vidrio como si quisiera recordarnos que la tierra todavía respira. Esa es la belleza que permanece, porque no depende de la apariencia, sino de la hondura.
Y, sin embargo, esa belleza es incómoda. Nos recuerda nuestra fragilidad, nos desnuda ante lo inevitable. Quizás por eso preferimos distraernos con artificios y espectáculos, para no ver lo que nos interpela en lo profundo. Pero basta un instante de silencio, basta una mirada honesta, y el muro de las distracciones se derrumba: entonces descubrimos que la verdadera belleza no se compra ni se vende, sino que se experimenta en la desnudez del alma.
Hay algo trágico en la belleza: siempre está acompañada por la conciencia de la pérdida. Un atardecer nos emociona porque sabemos que dura apenas unos minutos. Una flor conmueve porque su destino es marchitarse. El rostro de alguien amado nos parte en dos porque sabemos que un día desaparecerá de este mundo. La belleza nunca es eterna en la tierra; siempre viene con una herida.
Quizás por eso los grandes poetas han hablado tanto de la muerte cuando intentaron hablar de la belleza. Rilke decía que lo bello es “el comienzo de lo terrible”. Y tenía razón: hay en lo bello una violencia secreta, una intensidad que nos recuerda nuestra propia finitud. Nos hiere porque nos enfrenta a lo que no podemos retener.
Pero no debemos huir de esa herida. Porque es precisamente en ella donde se manifiesta lo sagrado. Si todo fuese eterno, si nada se perdiera, la belleza no tendría sentido. La plenitud de lo bello radica en su fugacidad, en ese instante en que nos detiene el corazón para luego dejarnos caer al vacío. Lo bello nos enseña que todo lo que amamos es frágil, y que solo por eso vale la pena cuidarlo con más ternura.
El sufrimiento está tan entrelazado con la belleza que a veces se vuelven indistinguibles. Pienso en un músico que toca un violín en medio de una guerra, en un abrazo que se da en un hospital, en una palabra de aliento en el borde de la desesperación. ¿No es acaso allí donde lo bello se vuelve más verdadero? En medio de la ruina, lo bello se vuelve resistencia, un acto de fe contra la oscuridad.
Si hay un lugar donde la belleza se manifiesta con mayor claridad es en el ser humano. No en sus cuerpos simétricos ni en las sonrisas forzadas que nos venden las publicidades, sino en esos gestos invisibles que casi nadie ve.
La belleza está en la mirada que nos reconoce cuando nos sentimos invisibles. Está en la mano que nos sostiene en un momento de derrumbe. Está en la palabra dicha con suavidad cuando el mundo solo sabe gritar. Está en el silencio compartido sin incomodidad, ese silencio que no necesita llenarse porque ya está habitado de sentido.
Es hermoso contemplar un paisaje, sí, pero aún más hermoso es contemplar el rostro de alguien que ama. En esos ojos no hay horizonte que se compare. Allí el universo se condensa, se vuelve íntimo, irrepetible. Y sin embargo, qué difícil es aceptar esa belleza: tememos al amor porque sabemos que nos expone, que nos hace vulnerables. Pero quizá esa sea su mayor grandeza: que nos recuerda que solo en la entrega, en el riesgo de perder, puede florecer la verdadera hermosura.
Lo bello en lo humano no es la perfección, sino la ternura. Una ternura que no se exhibe, que no se alardea, sino que se ofrece en lo pequeño: en una caricia sobre la frente, en una carta escrita a mano, en el simple hecho de esperar despierto a que el otro llegue a salvo. Esa ternura es el rostro más hondo de la belleza.
No podríamos hablar de belleza sin hablar también de su contrario. Porque lo feo, lo cruel, lo oscuro, es lo que da relieve a lo bello. Sin sombra no hay luz, sin dolor no hay canto, sin noche no hay amanecer.
El mundo está lleno de atrocidades. Basta mirar un noticiero para sentir que todo se ha podrido. La violencia, la indiferencia, el odio, la avaricia, parecen triunfar día tras día. Y, sin embargo, allí mismo, en medio de la podredumbre, surge la belleza como una rebelión silenciosa. El gesto de alguien que rescata a un animal herido. La valentía de quien denuncia una injusticia aunque nadie lo escuche. La risa de un niño que no entiende todavía la maldad de los adultos.
Es en medio de la fealdad donde lo bello se vuelve más nítido. Porque lo bello no es ingenuo: no desconoce la oscuridad, la atraviesa. No es un adorno superficial, sino una llama en medio de la noche. Y quizá por eso conmueve tanto: porque nos muestra que, a pesar de todo, todavía hay algo que merece ser protegido.
Lo bello es lo que nos arranca del cinismo. Nos recuerda que, incluso cuando la realidad se vuelve insoportable, aún existe un núcleo de sentido que no puede ser destruido. En ese núcleo está la esperanza, aunque se presente en formas diminutas.
En tiempos de desesperanza, la belleza se convierte en un acto de resistencia. Frente al ruido ensordecedor de un mundo que solo valora lo útil y lo rentable, la belleza nos recuerda que hay cosas que no tienen precio. Un poema no alimenta el estómago, pero alimenta el alma. Una canción no detiene una guerra, pero puede darle fuerzas a un pueblo para resistirla. Una mirada no cura una enfermedad, pero puede sostener a alguien en medio de su dolor.
La belleza no nos salva de la muerte, pero nos salva de la deshumanización. Nos devuelve la capacidad de asombrarnos, de agradecer, de llorar sin vergüenza. Nos recuerda que no somos máquinas, que estamos aquí para algo más que producir y consumir. Y, sobre todo, nos recuerda que estamos juntos, que sin el otro la vida sería apenas una sucesión de días vacíos.
Quizás, al final, la belleza sea la única forma verdadera de esperanza. Porque nos dice que, incluso en medio del caos, existe algo que no puede ser destruido: la capacidad del ser humano de crear, de amar, de conmoverse. La belleza nos llama a cuidar lo pequeño, a resistir la tentación de la indiferencia, a seguir creyendo que la vida vale la pena aunque todo parezca perdido.
Y así, cuando todo lo demás se derrumbe, cuando los sistemas caigan y las certezas se desvanezcan, la belleza seguirá ahí, como un murmullo en la penumbra. Será la música de un violín en la noche, la ternura de un abrazo inesperado, el reflejo del sol sobre el agua. Será, en definitiva, la voz que nos dice, incluso en la oscuridad más absoluta: nos estás solo, todavía hay algo por lo que vivir.
(Gigi Antolini)

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