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LA PAUSA

 

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A veces pienso que el tiempo tiene formas extrañas, que no avanza de manera lineal sino que se pliega sobre sí mismo, y que ciertos instantes guardan ecos de otros que ni siquiera recordamos conscientemente. Estábamos ahí, una frente a la otra, y la palabra se me escapó. “Te quiero”. No sé si fue el deseo de nombrar algo que ya existía, o el miedo de que el silencio se hiciera eterno. Tal vez ambas cosas. 

Pero antes de que esa palabra saliera, hubo señales sutiles, casi invisibles, que yo fui descifrando como quien camina sobre arena húmeda y nota cada huella que deja. Recuerdo cómo sus manos se movían, a veces sin intención, a veces con una precisión que parecía medir el espacio que nos separaba. Cómo sus silencios, tan densos, me enseñaron a escucharla más allá de lo evidente, a descifrar su humor, sus dudas, sus certezas escondidas. Cada gesto, por pequeño que fuera, parecía contener un mensaje cifrado: un trozo de ella que esperaba ser reconocido. 

Pensé en todas las veces que quise decirlo y no lo hice. En el miedo de que la palabra se volviera pesada, de que confesarse fuera un riesgo, de que nombrar lo que sentía rompiera un equilibrio delicado. Pero allí estaba, en un instante donde todo lo imposible parecía posible, y todo el miedo se convirtió en un hilo tenue que apenas rozaba mi conciencia. 

Ella siempre tuvo esa manera de aparecer completa y, al mismo tiempo, inaccesible, como un paisaje que uno cree conocer y descubre cada día más profundo. La primera vez que la vi reír, entendí que no era una risa cualquiera; era un aviso, un secreto compartido sin palabras. Y desde entonces, cada mirada, cada encuentro, cada conversación, fue tejiendo un mapa invisible que solo ahora, al pronunciar “te quiero”, parecía tener sentido.

El instante llegó, y la palabra se escapó de mí como un suspiro que había estado conteniéndose durante algún tiempo. No hubo preparación, no hubo lógica, solo la evidencia de que ciertas cosas encuentran su momento sin que uno las convoque. Y cuando ella respondió: “yo también te quiero mucho”, hubo un reconocimiento que no podía ser negado. No era solo una confirmación; era un acuerdo tácito de que lo que se había ido gestando en nosotras era real, profundo y suficiente. 

Mientras sus palabras llenaban el espacio, mi mente volvió a fragmentos que parecían inconexos pero que ahora formaban un mosaico: la primera vez que sentimos miedo de mostrarnos tal cual éramos, los momentos en que nos acompañábamos sin hablar, las risas compartidas en la oscuridad. Todo eso convergía en aquel instante, y comprendí que la palabra era solo un reflejo de algo mucho más amplio, algo que no necesita explicaciones para existir. 

Pensé en cómo nuestras vidas anteriores, separadas, nos habían preparado para esto. En los días en que creímos que estar solas era la única opción, en las veces que nos engañamos pensando que no habría un encuentro así. Y aquí estábamos, encontrándonos de manera inevitable, como si todo hubiera conspirado para llevarnos a este momento de claridad y vulnerabilidad compartida. 

Lo que sentí después de su respuesta no fue una euforia ni una exaltación. Fue un silencio lleno de resonancia. Una paz que no se impone, que no busca colorear todo de rosa ni borrar las sombras, sino que las reconoce y las acepta. Como si dijéramos: esto es lo que somos, y está bien. Y dentro de ese silencio, pude escuchar la música de lo cotidiano, esa que siempre estuvo ahí pero que nunca antes me atreví a percibir tan claramente: el roce de su piel, el latido de su corazón, la respiración acompasada, los pequeños sonidos que se vuelven extraordinarios cuando alguien los comparte con la persona adecuada. 

Recordé también los miedos que surgieron al imaginar decirlo en otro momento. El temor de que un “te quiero” pudiera romper lo que teníamos, o que llegara demasiado pronto, o que fuera mal recibido. Pero en este instante, el tiempo se había detenido y esas preocupaciones se disolvieron. No había pasado ni futuro, solo el ahora absoluto, la evidencia de que estábamos conectadas de manera que no necesitaba validación externa. 

Mientras reflexionaba sobre esto, sentí cómo mi mente se expandía y se contraía al mismo tiempo. Pensé en la fragilidad de la existencia, en cómo momentos así podrían desaparecer en un segundo si las circunstancias fueran distintas, y aun así, en esa certeza de fugacidad, hallé una forma de eternidad. Porque lo que se dijo y lo que se sintió no depende de los días que vendrán, sino de la profundidad con la que fue vivido. 

Ella no hizo nada extraordinario, y sin embargo, todo en ella lo fue. La manera en que devolvió la palabra, la naturalidad de su respuesta, la densidad de su presencia: todo contribuyó a crear un espacio donde no era necesario explicarse ni justificarse. Solo estar, respirar y sentir. Y en ese estar, entendí que todo lo que habíamos hecho antes, todo lo que habíamos evitado decir, todo lo que habíamos sostenido con cuidado, nos había llevado a esta certeza silenciosa.

Pienso en cómo el amor puede aparecer como un accidente cotidiano, escondido en los gestos más simples, y que de pronto se vuelve absoluto, no porque cambie el mundo, sino porque cambia la manera en que lo percibimos. En cómo alguien puede estar allí, frente a nosotros, y hacer que cada pensamiento, cada emoción, cada fragmento de memoria, encuentre su lugar exacto.

Y mientras la observo, siento que puedo soltarme sin miedo. Que puedo ser completa sin perder nada de lo que fui ni de lo que ella es. Que el reconocimiento mutuo de este sentimiento crea un refugio que no depende de nada externo, solo de nuestra existencia compartida en este instante. 

Después de todo, comprendí que la palabra no es un ancla ni una garantía, sino un gesto que abre caminos. Que el “te quiero” es apenas un hilo que conecta lo visible con lo invisible, lo dicho con lo sentido, el miedo con la aceptación. Que la verdadera fuerza está en la pausa que sigue, en ese silencio que no exige, que no amenaza, que simplemente existe y permite que todo lo demás respire. 

Y así, mientras la miro, dejo que todo fluya. La incertidumbre, la memoria, los miedos, las ganas, las certezas y las dudas: todo se entrelaza y se disuelve en un espacio de paz compartida. Y sé que este momento permanecerá, no como una palabra repetida ni como un recuerdo exacto, sino como la sensación de haber llegado a un lugar donde las palabras son solo una parte de lo que sentimos, y eso basta.

Y en esa pausa - la que llega después que ella dice “yo también te quiero mucho” - todo parece haberse transformado. Cada sonido se vuelve más intenso. Cada silencio, más profundo. Los latidos se hacen visibles, palpables. Mi respiración se acompasa con la suya, y hay una sensación de infinito en lo pequeño: el roce de su mano, la curva de sus dedos, la forma en que su cuerpo ocupa el espacio y al mismo tiempo lo comparte. 

No hay palabras que puedan abarcarlo, y por eso la pausa dura tanto. Se prolonga en un tiempo sin medida, donde la memoria se cruza con la intuición y lo que sentimos se convierte en territorio propio, inviolable. Me pregunto si ella piensa lo mismo. Me pregunto si ella siente cómo la palabra liberada nos ha hecho más ligeras, cómo nos ha permitido ser simultáneamente frágiles y completas.

Cierro los ojos un instante y escucho su respiración, que ya no es solo suya sino también mía, y en esa mezcla hay un reconocimiento que no necesita ser nombrado de nuevo. La memoria de todo lo que pasó, de todo lo que se evitó decir, de cada instante de miedo, queda suavizada por la claridad del presente. 

Y entonces comprendo que esta pausa es un mapa. Un mapa invisible que señala dónde hemos estado, cómo nos hemos cuidado y dónde podemos descansar ahora, sin exigencias, sin expectativas. Es un territorio donde los gestos importan más que las palabras, donde la vulnerabilidad se transforma en fuerza.

Permanezco allí, permitiéndome sentir cada instante. Permitiéndome entender que no hay necesidad de apresurar nada, que el tiempo seguirá su curso, que lo que importa es lo que sentimos y cómo nos sostenemos en ello. Y en esa comprensión, me invade una paz profunda: la paz de quien sabe que, por fin, está donde debía estar, con quien debía estar, y que lo único que queda es respirar, sentir y aceptar. 

El mundo puede seguir girando, y nosotras seguimos aquí, inmóviles, plenas, envueltas en la densidad de lo dicho y lo no dicho, en el sonido y el silencio, en el roce y la mirada. Todo lo demás puede esperar.

Porque en la pausa, en esta pausa, somos exactamente quienes debemos ser.

(Gigi Antolini)

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