LOS DÍAS QUE SAN GENARO NO OLVIDA
Hay lugares que no necesitan grandes monumentos para justificar su existencia, porque si verdadera arquitectura está hecha de personas. San Genaro es uno de esos sitios: un territorio donde el alma se construye con gestos que parecen pequeños, pero que sostienen la manera en que recordamos la vida. Aunque la geografía oficial lo señale como ciudad, conserva ese latido íntimo y persistente de los pueblos que no se resignan a olvidar lo que los hace humanos. Aquí, el tiempo no se mide por relojes, sino por miradas y rituales cotidianos: las manos que saludan desde lejos, los nombres que se pronuncian con una ternura que en otros lugares ya no existe. Y en ese gesto simple -un “¿cómo andás?” dicho sin prisa- se revela un misterio: el de pertenecer a un lugar que todavía cree que la vida puede ser amable si se la mira de frente, sin máscaras. A veces pienso que en el mundo moderno se perdió algo esencial, y que tal vez solo en pueblos como este la memoria sigue respirando con dignidad.
En la vereda, Tito permanece sentado como un guardián silencioso del tiempo. Lo ves ahí, tranquilo, recibiendo la mañana y despidiendo la tarde, como si su sola quietud sostuviera una dimensión que la modernidad intenta destruir. No observa por curiosidad, sino por pertenencia. Su mirada contiene generaciones enteras nacidas en pueblos de viento, campo y paciencia. En esos ojos se esconden historias que nadie contó del todo: la de quienes crecieron sin prisa, con la noble lentitud de quienes sabían escuchar el clima antes de sembrar, el silencio antes de opinar, el alma antes de juzgar. Al verlo, una entiende que la vida precisa de testigos, de esos hombres que se vuelven faro sin querer. La modernidad nos impuso velocidad, pero Tito nos recuerda que existir también es detenerse, quedarse quieto junto al paso del tiempo, aceptando su misterio. Hay algo sagrado en esa escena mínima: un hombre, una vereda, un mundo que aún se sostiene gracias a quienes saben estar, sin pretensión, sin ruido.
Más allá, en cualquier bar donde la música se asome o en una esquina donde la tarde se ablanda, aparece Teke Teke bailando. Siempre luminoso, con esa chispa que enciende lo que toca. Sus movimientos son un acto de resistencia contra la pesadumbre cotidiana. Hay cuerpos que cargan tristezas, pero el suyo parece cargado de un júbilo secreto, como si al moverse restituyera al mundo un poco de la alegría perdida. Su risa no pide permiso, su energía no busca aplausos. Es una celebración espontánea, una afirmación de vida que no necesita justificación. A veces pienso que quienes bailan así conocen una verdad profunda: que el sufrimiento existe, sí, pero que no debe ser la única música. En un mundo donde tantos arrastran sus días como si fueran un castigo, ver a Teke Teke moverse con semejante libertad es un recordatorio de que todavía hay alegría indomable, esa que nace sin motivo, como un milagro cotidiano.
Y de pronto se oye la radio de Chepe antes de verlo. Pedalea por las calles con la humildad de quien sabe que está llevando compañía, aunque realmente él no lo sepa. Su bicicleta es casi un símbolo del pueblo: un puente silencioso entre los que madrugan y los que se quedan conversando hasta tarde. Su rutina tiene algo de plegaria: un movimiento constante que une mañanas, tardes, silencios y saludos. Hay quienes pasan por la vida sin dejar huella, pero Chepe deja un sonido, una presencia que acompaña. En el fondo, su tránsito es un recordatorio de que la soledad se vuelve más leve cuando alguien, aunque sea desde lejos, pasa por tu vereda y te saluda, simulando una bocina con su boca. Y pienso que quizá la nobleza humana se mide es estos gestos simples, en esos detalles que la ciudad devora y que aquí -todavía- significan hogar.
Luis sale todos los días a tomar aire desde hace más de treinta años. Apoya la espalda contra la pared, a veces se inclina sobre su bastón y parece decirnos que la vida, aunque simple, merece ser observada con atención. No corre, no se agita: habita el tiempo con dignidad. En su quietud hay una sabiduría que la sociedad moderna olvidó: la de quienes entienden que la existencia no es un maratón, que se puede vivir bien sin apuros, sin ambiciones desmedidas. Su figura, siempre en el mismo sitio, es como una marca en el paisaje, un recordatorio de que somos más auténticos cuando no tememos mostrarnos tal como somos. Mirarlo es comprender que lo cotidiano también puede ser sagrado, que la vida encuentra su valor en esos instantes donde uno simplemente respira, observa y pertenece.
Natalí, una joven fotógrafa, parece tener los ojos de quien escucha con la luz. Su cámara no es un instrumento, sino un puente hacia lo invisible: registra la sonrisa que se escapa, la sombra que acaricia una vereda, el gesto fugaz de alguien que no sabe que será recordado. Pero hay algo más en ella, algo que no aparece en las fotos sino en la manera en que se detiene antes de disparar: una especie de respeto por el instante, como si entendiera que cada pedacito de vida merece ser mirado con delicadeza. En sus manos, San Genaro no solo se vuelve imagen: se vuelve memoria consciente, un espejo donde el pueblo reconoce su propio rostro sin maquillajes ni artificios. Ella captura lo que muchos ya no ven, tal vez porque dejaron de mirar o porque el hábito anestesia. Y su trabajo tiene algo de salvación silenciosa: rescata del olvido lo que debería perdurar, aquello que si no se nombra -o no se fotografía- se desvanece. Cada foto es una afirmación: “esto también importa”. Y una entiende que, en tiempos donde la velocidad arrasa con lo humano, alguien como Natalí es imprescindible, porque nos devuelve la capacidad de detenernos, de ver, de recordar que lo esencial todavía respira en lo cotidiano.
Nelly, con su carrito de mandados, avanza con su propio ritmo, ese que combina pragmatismo y gentileza. Tomando su cerveza a las diez de la mañana, sostiene un tipo de libertad que parece perdida en otros lugares. En su simpleza hay una autenticidad que pocas personas alcanzan: hace lo que quiere sin necesidad de explicarlo. Su saludo franco, su risa inesperada, su presencia constante en las veredas forman parte de la red invisible que sostiene al pueblo. A veces pienso que vivir en acá también exige valor: el valor de ser uno mismo sin esconderse. Y Nelly -sin proponérselo- encarna esa valentía cotidiana que en las grandes ciudades se desvanece en la multitud.
“El Dani” (Piero) pedaleaba con despreocupación, intentando parecer roquero con su pelo que nunca crecía. Cada vuelta era una lección involuntaria: vivir con ligereza, pero con intensidad. Su recuerdo permanece en veredas y esquinas. A veces, cuando paso por ciertos rincones, creo escuchar su risa, como un eco que insiste en quedarse. Y entonces comprendo que la muerte no borra del todo: transforma. Hay vidas breves que dejan una huella más profunda que cualquier edificio, porque se inscriben en la sensibilidad de quienes las compartieron. Recordarlo duele, pero también ilumina: nos recuerda que estamos hechos de encuentros, de afectos y de presencias que no se disuelven del todo.
Bayo recorre el pueblo en bicicleta con su perro a la par. Es de esos hombres que parecen tener el tiempo medido por la paciencia y el cuidado con que trabaja la madera. Fue quien dirigió San Genaro hace años, y aún hoy su recuerdo persiste en las historias que mucha gente cuenta con cariño. A pesar de lo que ha logrado, sigue siendo el mismo Bayo sencillo, con las manos curtidas por la carpintería, capaz de transformar un pedazo de madera en algo que sobrevive al olvido. Cada día lo encontramos compartiendo palabras y risas en el mismo lugar donde la vida cotidiana se conversa, donde se respira la memoria de la comunidad, y una comprende que el poder verdadero no siempre está en los cargos, sino en la manera en que se mantiene cercano a la gente que lo rodea, sin perder la esencia que lo hizo llegar hasta ahí.
Charly toma el vino porque le gusta, sin ceremonias ni historias que justificar. En su copa hay un gesto simple: la búsqueda de un instante que lo contiene, como quien encuentra en un sabor una pausa honesta contra la prisa del mundo. No bebe para el recuerdo ni para el espectáculo; bebe porque el vino le corrige la sal del día. Al observarlo, una aprende que la modestia de ciertos placeres tiene la fuerza de una ética secreta: sostenerse a sí mismo con pequeños actos de cariño propio. En su manera de beber hay una lección para quienes confunden profundidad con grandilocuencia: la profundidad también puede ser humilde, cotidiana, casi doméstica. Charly no necesita convertir su copa en símbolo; la deja ser lo que es: un alivio, una compañía, una costumbre que le devuelve la calma. Y en esa calma se advierte un tipo de sabiduría serena: la de quien sabe que la vida no siempre pide grandes gestos, sino, a veces, apenas una pausa que nos devuelve al presente.
Los velorios también tienen su propia coreografía: Carozzi suele recorrer las calles en bicicleta, firme y discreto. Entiende que la muerte no borra los vínculos, que acompañar es un acto de amor y memoria. La ciudad convirtió la muerte en trámite; aquí todavía es un encuentro. Cuando aparece él, uno sabe que el dolor será compartido, que habrá un abrazo silencioso sosteniendo lo inevitable. Y eso, en un mundo tan fragmentado, es un milagro.
Don Galeani era un figura que parecía escapada de otro tiempo, un hombrecito menudo que avanzaba por San Genaro sobre su bicicleta como quien cumple un ritual secreto. Nadie sabía qué hacía realmente en esas vueltas infinitas, pero todos lo veían aparecer en cada velorio, discreto, casi transparente, como si llevara sobre los hombros la silenciosa tarea de despedir al pueblo entero. Había trabajado en los rieles cuando el tren todavía era una promesa de futuro, y quizá por eso, ya muy mayor, se detenía frente a las vías con la gravedad de un sacerdote que examina un altar. Lo mirabas ahí, encorvado, evaluando el brillo del acero como si aún pudiera corregir algo de lo que el mundo había torcido. Y una entendía -aunque fuera por un segundo- que hay vidas que no se explican con palabras ni con fechas: se explican con la obstinación de seguir andando, aun cuando nadie espera nada de vos, aun cuando tu propia historia ya no le importa a nadie. Don Galeano parecía recordarnos eso: que lo esencial no está en lo que hacemos, sino en la dignidad con que sostenemos, hasta el final, aquello que alguna vez nos dio sentido.
La plaza de enfrente de mi casa es otro de esos territorios donde la vida se expresa sin grandes gestos. Los domingos, los chicos corren como si el mundo estuviera inventando para ellos. Juegan a la pelota, se caen, se levantan, discuten con una pasión que dura un minuto y hacen las paces al siguiente, como si la infancia entendiera algo que los adultos olvidamos para siempre: que casi nada es tan grave como creemos. Cuando la pelota se va a la calle, siempre hay algún auto que frena, respetando ese pacto silencioso que nadie escribió pero todos conocen. Ese freno humilde, casi imperceptible, sostiene una verdad antigua: aquí la vida ajena importa.
Pero la plaza guarda otra historia, menos visible y más honda. Hubo un tiempo en que un hombre sencillo barría sus veredas al amanecer, como quien cuida un altar. No era un trabajo nomás, sino una forma de pertenencia. Sus manos levantaban hojas, sí, pero también memoria. Y un día, casi sin que el pueblo lo notara, esa misma voz que me tarareaba alguna canción cuando yo regresaba de mis clases de guitarra, mientras limpiaba, encontró su destino fuera de estas calles. Algunos dicen que la música lo llamó y que él simplemente obedeció; otros creen que fue la vida la que, al fin, decidió hacerle justicia. Mario Luis ya no vive aquí, ya no barre la tierra de la plaza, pero cada tanto regresa como vuelven los que no pueden desprenderse del todo de su origen. Llega en silencio, se mezcla entre los árboles como si buscara escucharse a sí mismo y el pueblo -su Villa Biota- lo recibe sin preguntas, como si siempre hubiera sabido que algunos nacen para partir, pero no para abandonar.
Muchos chicos van solos al club, libres, confiados, como si el pueblo los envolviera en un abrazo invisible. Esa libertad sencilla está hecha de una confianza colectiva que en otros lugares se extinguió sin pena ni gloria. Una cree que esto es normal hasta que vive en una ciudad y descubre lo frágil que es todo: la seguridad, la inocencia, la paz sin sobresaltos. Entonces San Genaro, Villa Biota, deja de ser un paisaje y se convierte en un símbolo de lo que todavía puede salvarse.
A veces, mientras observo la luz caer entre los árboles, pienso que quizá la felicidad se parezca a esto: pertenecer a un lugar donde incluso la ausencia de nuestros seres queridos dejan huellas amables; donde algunos de los que se fueron pueden volver a para respirar un poco de ese aire que los formó; donde los niños siguen corriendo sin miedo porque la comunidad, entera, se siente responsable de sus pasos. Y tal vez la grandeza de un pueblo no esté en su historia oficial ni en sus placas, sino en estas escenas mínimas que sostienen lo humano. Porque este pueblo -tan modesto, tan persistente- revela su secreto más profundo: aquí el tiempo no hiere; cuida. Aquí la vida todavía es suave. Aquí el alma puede descansar.
Las veredas de San Genaro tienen un latido propio, un pulso silencioso que no aparece en mapas ni planos urbanos, pero que sostiene la verdadera arquitectura del pueblo. Allí, entre sillas de plástico gastadas y mesas que se extienden hacia la calle, los vecinos se sientan a tomar mates o a cenar al aire libre, como si el mundo entero pudiera concentrarse en ese pequeño espacio. Cada gesto -una mano que pasa el mate, un plato que se comparte, una risa que se escapa- es una afirmación de que existir significa también ofrecerse a los otros. La vida no se mide por logros ni noticias espectaculares, sino por estas escenas mínimas que, sin que nadie lo diga, mantienen la memoria y la dignidad de quienes las habitan.
Observar a las familias y amigos en esas veredas es entender que la lentitud no es vacío sino riqueza. Se inclinan unos hacia otros, se escuchan, se miran con paciencia; incluso el silencio tiene un sentido: un reconocimiento de que la compañía verdadera no siempre necesita palabras. Cada mate compartido, cada conversación que se prolonga hasta el final de la tarde, es un acto de resistencia contra el olvido y la indiferencia que acechan en el mundo moderno. Allí se aprende algo que ningún manual puede enseñar: que el tiempo vivido junto a otros no se pierde, sino que se transforma en algo eterno, invisible pero indispensable.
Y hay un misterio en esa simplicidad: que los gestos más mínimos son los que sostienen lo más profundo. Cuando los vecinos cenan afuera, cruzando miradas y compartiendo sabores, se revela que la existencia humana necesita de estas anclas, de estas conexiones cotidianas, para no disolverse. Las veredas se convierten en un escenario donde se ensayan la solidaridad, la paciencia, la alegría silenciosa, la ternura que no se proclama sino que se vive. Cada silla, cada plato, cada vaso de agua se vuelve un símbolo: el de la pertenencia, el de un pueblo que todavía cree en la vida compartida como un acto sagrado.
Y una comprende, al mirar estas escenas, que las veredas son más que espacio físico: son memoria hecha carne. Cada conversación, cada mate que se pasa de mano en mano, cada gesto de cuidado o complicidad, deja un rastro invisible que se deposita en el aire, que impregna los ladrillos y el polvo, que hace que el pueblo se reconozca a sí mismo. Es en estas escenas donde se ve la continuidad de generaciones, donde los mayores enseñan sin palabras y los jóvenes -muchas veces- aprenden sin querer. Allí se entiende que la verdadera riqueza de un lugar no está en lo que construye con cemento o ladrillo, sino en la manera en que los seres humanos se sostienen mutuamente, en cómo los gestos más simples pueden ser los más profundos, los que realmente salvan del olvido.
Las veredas de San Genaro son un milagro silencioso: un espacio abierto donde la vida se permite, aunque nadie la celebre oficialmente. Allí, al compartir un mate o una cena, se teje una red invisible de afectos y memorias, y una entiende que estos rituales mínimos son la forma más auténtica de religión: una devoción cotidiana al otro, a la existencia misma, a la posibilidad de ser humanos sin prisa, sin máscara, sin miedo. Y mientras se contempla, se comprende que en estas veredas el tiempo se vuelve amable, la memoria se hace visible y la vida -con su modestia infinita- encuentra finalmente su sentido.
Las iglesias de San Genaro no son monumentos de piedra destinados a impresionar, sino espacios donde el tiempo se pliega sobre sí mismo y permite que la memoria respire. No importa cuán sencillo sea el altar o cuán austera la decoración de las capillas; allí, en la penumbra, se percibe un latido compartido. Los feligreses entran y salen, algunos con rezos, otros con silencio, pero todos dejando un fragmento de su vida sobre los bancos. Soy una mujer poco religiosa, pero sí espiritual -que no es lo mismo-, de todas maneras, me considero una mujer de fe; y me impresiona cómo en esos espacios se aprende, casi sin querer, que la espiritualidad no es un dogma sino un acto de pertenencia: un reconocimiento de que formamos parte de algo más grande y que, en esa continuidad, nuestra finitud encuentra consuelo. Observar a la gente que entra a la iglesia es ver la manera en que la humanidad busca sostén: algunos lo encuentran en palabras, otros en gestos, otros en el simple hecho de compartir un espacio donde los nombres, las penas y las alegrías flotan juntas, invisibles pero palpables. La iglesia, así, se convierte en un refugio para el alma de muchos y en un testigo silencioso de la vida que transcurre sin prisas, recordando que la fe verdadera no necesita estridencias: solo presencia y memoria.
La plaza junto a las vías del tren conserva un aire extraño, como si el pasado nunca se hubiera ido del todo. Aunque los trenes ya no pasan como antes, las vías siguen allí, señalando un camino que solo los ojos atentos reconocen. Los hombres de campo se sientan frente al televisor de la heladería a ver la carrera de caballos, y los jóvenes cruzan las calles con la confianza que solo el pueblo te puede otorgar. Cada escena parece mínima, casi casual, pero esconde un entramado de memorias que sostienen el alma de San Genaro. Las plazas no son solo espacio físico: son un escenario donde se ensayan la paciencia, la observación y la complicidad silenciosa entre generaciones. Una comprende que allí se conservan rituales invisibles, que el mundo moderno devora con prisa y ruido: el respeto a la lentitud, la certeza de que los otros no son obstáculos sino parte del mismo tiempo compartido, y que la tradición persiste incluso cuando parece olvidada. Mirar esta plaza es comprender que la memoria del pueblo no reside en monumentos ni placas, sino en la vida que se desarrolla en su superficie: en las conversaciones, los gestos, los cruces de miradas, y en la manera en que todos, sin decirlo, acuerdan mantener la continuidad de lo humano.
Los bares de San Genaro no son simples espacios de consumo; son templos de la cotidianeidad, donde la vida se revela en detalles mínimos y persistentes. Allí, entre sorbos de vino y café, se entretejen generaciones, se cruzan historias y se sostienen memorias. Los hombres se agrupan como si el tiempo ahí se doblara, como si cada mesa fuera un punto de resistencia contra la indiferencia y la soledad. Observar a “el Bayo” o “al Charly” honrando la memoria de su padre -don García- con cada vaso, es ver que los rituales más humildes pueden contener toda la historia de un lugar. Los bares enseñan que la rutina no es monotonía: es continuidad, y en esa continuidad reside la fidelidad a uno mismo y a los demás. No se trata de escapar de la vida, sino de enfrentarla con presencia: escuchar, compartir silencios, reír sin prisa. Y mientras se mira desde afuera, una comprende que los bares no son un lujo ni una distracción: son el hilo invisible que sostiene la trama social, el espacio donde la memoria se hace visible, donde la vida simple adquiere densidad y significado.
Mi adolescencia en San Genaro fue un tiempo más de escucha que de palabra, de observar más que de actuar, aunque la energía juvenil buscara siempre estallar. Recuerdo las esquinas donde nos sentábamos a tocar la guitarra, compartir mates, improvisar canciones que se desvanecían en el aire, pero quedaban grabadas en la memoria del pueblo. Ahí aprendí que la vida no es solo lo que se estudia o se planea: es lo que se comparte, lo que se habita con otros, lo que nos permite reconocernos con los demás. Cada tarde con amigos era un ejercicio de paciencia y de sensibilidad; el tiempo no se medía en minutos sino en presencias, en risas que se prolongaban, en silencios compartidos que enseñaban tanto como cualquier palabra. Comprendí que la verdadera educación no está en los libros sino en los vínculos, en la manera en que la vida cotidiana nos obliga a escuchar, a esperar, a cuidar. Mi adolescencia en San Genaro en un tiempo fue dolorosa, sí, pero también fue un aprendizaje silencioso de humanidad, de cómo habitar un mundo sin prisas, con afecto y con memoria.
Cuando me fui a la ciudad, no imaginé cuánto sentiría la ausencia de San Genaro. Al principio, creí que la distancia era solo física, que bastaba con kilómetros y avenidas para medir la separación. Pero pronto comprendí que lo que se extraña no son solo calles y casas, sino la trampa invisible que sostiene la vida, la continuidad de los días compartidos, la manera en que el tiempo se hace amable cuando se habita junto a otros. En la ciudad todo parecía acelerado, urgente, incluso hostil: la prisa era un grito constante, y las personas caminaban con los hombros tensos, como si llevaran sobre sí el peso de mil mundos desconocidos. Cada rostro era un misterio distante; cada gesto, un acuerdo que se nos escapaba. Allí me sentí extraña incluso entre la multitud.
Extrañaba la sencillez de las veredas donde los vecinos se sentaban a tomar mates o a cenar, la forma en que la presencia de otros otorgaba seguridad y calidez sin necesidad de palabras. Extrañaba los saludos que se intercambiaban con naturalidad, la certeza de que los pequeños gestos sostenían un mundo invisible, silencioso, lleno de memoria y pertenencia. Comprendí que la nostalgia no es solo recuerdo, sino conciencia: un estado donde el alma se da cuenta de lo que ha perdido y de lo que, tal vez, nunca se recuperará del todo. Cada plaza, cada esquina, cada niño corriendo sin miedo era un registro de la humanidad que la ciudad parecía devorar con su prisa, su ruido y su indiferencia.
Me di cuenta de que no extrañaba solo un lugar, sino una forma de vivir, una manera de respirar, de habitar el tiempo y de reconocer a los demás como parte esencial de la propia existencia. Allí, en San Genaro, el mundo parecía contener su propio misterio: la vida no se apresuraba, no se medía en logros ni en noticias espectaculares, sino en instantes compartidos, en presencias discretas, en la paciencia de esperar y escuchar. La ciudad me enseñó que todo aquello que había dado por sentado era, en realidad, un tesoro: la memoria viva de un pueblo que se construye en la cotidianeidad, en la lentitud, en los rituales más sencillos que sostienen la humanidad.
Mientras recorría avenidas que nunca dormían, pensaba en los mates compartidos al atardecer, en las cenas al aire libre bajo la luz de la tarde o de la luna, en los bancos donde los ancianos miraban pasar los días con dignidad y serenidad. Comprendí que cada uno de esos gestos eran actos de resistencia contra el olvido y la indiferencia, una afirmación silenciosa de que la vida puede ser amable si uno se permite habitarla plenamente, con otros, con paciencia, con ternura. La nostalgia se convirtió en algo más que un dolor: se volvió una meditación sobre la forma en que la vida debe vivirse, sobre el valor de lo cotidiano, sobre la necesidad de pertenecer a un lugar que reconozca y respete la presencia de cada ser humano.
Y así comprendí que San Genaro no era solo un origen ni un recuerdo: era un modelo de existencia posible, un espacio donde la vida encuentra su sentido en los pequeños actos compartidos, en la memoria que respira en las veredas, en la continuidad de los días y en la certeza de que la humanidad se sostiene en los gestos simples, en la paciencia, en la compañía silenciosa. La ciudad me enseñó lo que había olvidado: que vivir sin estos hilos invisibles es existir, tal vez, pero no habitar, y que la verdadera plenitud reside en la cercanía, en la memoria viva, en la tranquilidad de saber que uno pertenece y es reconocido por un mundo que no necesita grandes monumentos para ser sagrado.
San Genaro no se entiende desde la geografía ni desde los mapas; se entiende desde la memoria que respira en cada gesto, en cada encuentro, en cada instante aparentemente trivial que, al mirarlo de cerca, revela la densidad de la vida humana. Acá, los gestos simples -una vereda compartida, un mate pasado de mano en mano, una risa que se prolonga al caer la tarde- no son meros hábitos: son afirmaciones, pequeñas resistencias contra la indiferencia, recordatorios silenciosos de que la existencia necesita testigos, compañía y reconocimiento. En San Genaro, la vida cotidiana adquiere una sacralidad que la modernidad no logra comprender: cada abrazo, cada saludo, cada gesto de paciencia es un acto de memoria, un intento de sostener lo que nos hace humanos.
Lo que habita en este pueblo no es la nostalgia ni el pasado congelado; es la continuidad del tiempo vivido, la conciencia de que cada acción, por mínima que parezca, deja un rastro invisible que sostiene la trama del mundo. Los hombres en las plazas, los niños corriendo, los músicos improvisando, los vecinos compartiendo mesas y mates: todos son testigos y arquitectos de una vida que no se mide en rapidez ni eficiencia, sino en intensidad de presencia. Y al observarlos, uno comprende que la verdadera riqueza no está en la ciudad que promete progreso ni en los monumentos que aspiran a la inmortalidad, sino en la red de gestos, recuerdos y afectos que construyen un pueblo, que le dan alma a los ladrillos y sentido a los días.
San Genaro enseña que la vida no se puede apresurar, que la memoria se alimenta de la lentitud, de la atención a lo pequeño y de la compañía compartida. Acá, la muerte no borra, sino transforma; la soledad se vuelve más leve; y la rutina adquiere densidad porque cada instante se reconoce y se celebra silenciosamente. Quien ha aprendido a mirar estas calles, estas veredas, estas plazas, sabe que la existencia auténtica no consiste en huir del tiempo, sino en habitarlo plenamente, con paciencia y cuidado, con afecto y pertenencia.
Y así, al cerrar los ojos sobre San Genaro, una entiende que este pueblo no es solo un lugar en el mapa: es un espacio donde la vida, con toda su fragilidad y belleza, todavía puede sostenerse. Acá, la memoria no se desvanece; acá, los gestos cotidianos se transforman en eternidad; acá, finalmente, una aprende que existir plenamente es dejarse tocar por la vida de los otros y, al mismo tiempo, sostener el propio corazón sin prisa, con reverencia, con amor silencioso. San Genaro es, entonces, un abrazo persistente: un recordatorio de que la vida se reconoce en los otros y en los gestos que no se escriben, pero permanecen.
A San Genaro, el lugar al que siempre elijo volver.
Giorgina M. Antolini
24/11/2025

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