Esquirlas reúne textos cortos, reflexiones y pequeñas piezas que nacen en el borde entre la intuición y la palabra. Son fragmentos que emergen casi sin permiso, como chispas que se desprenden del pensamiento y reclaman un lugar propio. Acá conviven ideas súbitas, imágenes que insisten, preguntas que laten. No buscan cerrar sentidos, sino abrir pequeñas puertas: invitaciones a detenerse, a mirar con otros ojos, a sentir un instante de luz en medio del ruido cotidiano. Cada esquirla es un destello fugaz, pero suficiente para iluminar una sombra. ESQUIRLAS de Gigi Antolini
Si al decir que deseaba que conociera otra versión de mÃ, más abierta, más sexual, más inmediata, creyó que era porque ella no lo provoca, se equivocó. No es que ella no despierte mi deseo; su sola presencia me atraviesa, me invade y me consume de un modo que nunca antes habÃa experimentado. No hay prisa en mi deseo con ella; hay un fluir que me detiene, que me obliga a contemplarla, a recorrer cada curva de su cuerpo, cada estremecimiento de su piel, como quien descubre un misterio que lo excede y lo sostiene, y que al mismo tiempo revela la verdad de lo que somos y lo que sentimos. Cada gesto suyo parece contener un secreto, cada movimiento una promesa silenciosa, cada respiración un llamado que me atraviesa y me devuelve a mà misma, más completa y más vulnerable a la vez. Sus besos no se limitan a la superficie; se despliegan con paciencia, con precisión, con un ritmo que parece desafiar al tiempo. Siento su piel estremecerse bajo mi a...
Hay miradas que no son meras miradas. No son un cruce de ojos casual ni un gesto fugaz que se desvanece en el aire. Son, más bien, umbrales. Puertas que se abren sin ruido y que dejan pasar una claridad desconocida. No deslumbran, no irrumpen como un relámpago, sino que se instalan en lo profundo, como una luz que crece lentamente y que, cuando uno menos lo espera, ya lo ha transformado todo. Asà comenzó esto. No con una palabra, no con una caricia, ni siquiera con un beso. Comenzó en ese cruce de pupilas que me estremeció en secreto. Y lo extraño fue descubrir que esa sacudida no se parecÃa a nada conocido. HabÃa amado antes, habÃa compartido antes, habÃa sostenido antes vÃnculos con la serenidad que da el hábito. Pero jamás habÃa sentido este temblor. Porque se trata de eso: de un temblor. No de un temblor que asusta, sino un estremecimiento que paradójicamente trae calma. Un temblor del cuerpo y, al mismo tiempo, una paz en el alma. Como si el corazón aprendiera a latir ...
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