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SOMBRAS QUE DEVORAN

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Reflexiones sobre la destrucción silenciosa   Hay personas cuya presencia se percibe como un susurro del viento en una habitación vacía: imperceptibles, casi insignificantes, pero capaces de dejar un frío persistente que no desaparece con la luz del día. No se trata de seres que levanten la voz o que impongan su fuerza de manera evidente; su peligro es más sutil y profundo: habitan en la sombra de los demás. No toleran la claridad, la autenticidad ni la libertad; buscan la grieta por la que puedan filtrarse para corroer lo que otros construyen. Y no lo hacen por maldad consciente, sino porque no conocen otra manera de existir.  La destrucción que producen no surge del deseo de venganza ni de la intención explícita de causar dolor. Surge de la incapacidad de sostenerse frente a la vida tal como es: un mundo donde otros respiran libres, ríen con intensidad, aman sin límites y alcanzan aquello que ellos mismos no lograron. La mirada que no pueden sostener es la de su propia impot...

EL ENIGMA DEL PECHO

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  Hay en nuestro pecho un enigma que solemos ignorar, como si su existencia fuera un hecho cotidiano y no un milagro. El corazón no es solo un músculo; es un órgano eléctrico que palpita con precisión casi infinita. Cada latido es una descarga calculada, una chispa que recorre arterias y venas, que despierta órganos y mantiene en marcha el delicado mecanismo que somos. Y, sin embargo, en cada uno de esos segundos, la posibilidad de la falla está allí, siempre acechante, silenciosa. Lo extraordinario es que, pese a esa fragilidad latente, seguimos vivos, seguimos caminando, hablando, amando. El corazón nos sostiene aun cuando nuestra mente se distrae, aun cuando olvidamos la maravilla que representa cada contradicción. Tal vez solo quienes han sentido el temblor de la cercanía de la muerte comprenden la magnitud de esta constancia silenciosa. Cada latido es una promesa renovada, un recordatorio de que la vida no es un derecho, sino un milagro que se repite sin descanso, a veces con ...

LOS DÍAS QUE SAN GENARO NO OLVIDA

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  Hay lugares que no necesitan grandes monumentos para justificar su existencia, porque si verdadera arquitectura está hecha de personas. San Genaro es uno de esos sitios: un territorio donde el alma se construye con gestos que parecen pequeños, pero que sostienen la manera en que recordamos la vida. Aunque la geografía oficial lo señale como ciudad, conserva ese latido íntimo y persistente de los pueblos que no se resignan a olvidar lo que los hace humanos. Aquí, el tiempo no se mide por relojes, sino por miradas y rituales cotidianos: las manos que saludan desde lejos, los nombres que se pronuncian con una ternura que en otros lugares ya no existe. Y en ese gesto simple -un “¿cómo andás?” dicho sin prisa- se revela un misterio: el de pertenecer a un lugar que todavía cree que la vida puede ser amable si se la mira de frente, sin máscaras. A veces pienso que en el mundo moderno se perdió algo esencial, y que tal vez solo en pueblos como este la memoria sigue respirando con dignida...

LA SOMBRA Y EL RESCOLDO

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  Enterré a mi madre. Enterré a mi padre. Vi a mi familia desvanecerse en cámara lenta, como si la vida, en su gesto más cruel, hubiera decidido apagarse por capítulos. Cada despedida fue un golpe silencioso, medido, que no necesitaba gritos ni lágrimas; la tristeza se insinuaba en los pliegues de las manos, en el temblor de la voz, en la mirada que buscaba consuelo y encontraba vacío. Mi madre estuvo internada durante dos años en su propia casa; lo que las personas llaman internación domiciliaria. Durante ese tiempo permaneció en coma vigil: no hablaba, no nos reconocía, no se movía. Solo abría los ojos de vez en cuando, como si quisiera recordarnos que seguía ahí, atrapada entre la vida y la muerte, y que cada parpadeo era un gesto diminuto pero desesperadamente humano. A veces la llevábamos a la clínica, otras veces permanecía en casa, y cada traslado se sentía como atravesar un puente entre la esperanza y el desconsuelo. Su respiración era tenue, irregular; sus gestos, casi ine...

ESQUIRLAS

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  Esquirlas reúne textos cortos, reflexiones y pequeñas piezas que nacen en el borde entre la intuición y la palabra. Son fragmentos que emergen casi sin permiso, como chispas que se desprenden del pensamiento y reclaman un lugar propio. Acá conviven ideas súbitas, imágenes que insisten, preguntas que laten. No buscan cerrar sentidos, sino abrir pequeñas puertas: invitaciones a detenerse, a mirar con otros ojos, a sentir un instante de luz en medio del ruido cotidiano. Cada esquirla es un destello fugaz, pero suficiente para iluminar una sombra.  ESQUIRLAS de Gigi Antolini

QUIETA Y PERFECTA

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  Hay un momento que se repite, y que parece desobedecer al tiempo: cuando la beso y, de pronto, sonríe. No una sonrisa cualquiera, sino aquella que se asoma en los labios antes de refugiarse en los párpados, en la calma del rostro. Entonces se queda quieta, como si el mundo entero se hubiera detenido, y yo me convierto en paisaje, en abrigo, en aire. Sus ojos cerrados no esconden nada; revelan todo. Es como si cada pestaña fuera un puente hacia un lugar donde nada la perturba, donde los miedos se diluyen en la serenidad de estar sostenida. Mis brazos, mis labios, parecen suficientes para que su respiración encuentre su propio ritmo, y yo observo esa entrega silenciosa, maravillado de que alguien pueda confiar tanto en un instante. Esa quietud tiene un idioma secreto. La risa que escapó antes no se ha ido: está contenida, mínima, como burbuja suspendida entre los suspiros. Es risa que no necesita sonido, porque ya todo lo dice con el cuerpo. Cada centímetro de su ser parece agradec...

INESTANCIA

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  Hay momentos en que siento que todo es aire y yo apenas un temblor dentro de él. Mi cuerpo respira como si estuviera lleno de silencios, y cada pensamiento parece flotar, suspendido entre lo que deseo y lo que no puedo tocar. Hay una oscilación permanente entre claridad y sombra, entre certeza y duda, como si mi corazón estuviera balanceándose en un hilo invisible que nadie más ve. Me descubro hablando conmigo misma, intentando nombrar sensaciones que no tienen forma, pronunciando palabras que se escapan antes de que tengan sentido. Escucho mi voz y la extraño al mismo tiempo, como un eco que intenta alcanzarme y no logra explicarme lo que siento. Esta tensión entre deseo y percepción es la esencia misma de amar: un estado de atención extrema que no se puede domesticar ni apresurar. La esperanza tiene forma de un hilo dorado que cruza mi pecho de manera invisible. A veces se afloja, tiembla con cada duda, pero nunca se rompe. Lo sigo, aunque no se vea, aunque no tenga garantías. ...