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LA SOMBRA Y EL RESCOLDO

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  Enterré a mi madre. Enterré a mi padre. Vi a mi familia desvanecerse en cámara lenta, como si la vida, en su gesto más cruel, hubiera decidido apagarse por capítulos. Cada despedida fue un golpe silencioso, medido, que no necesitaba gritos ni lágrimas; la tristeza se insinuaba en los pliegues de las manos, en el temblor de la voz, en la mirada que buscaba consuelo y encontraba vacío. Mi madre estuvo internada durante dos años en su propia casa; lo que las personas llaman internación domiciliaria. Durante ese tiempo permaneció en coma vigil: no hablaba, no nos reconocía, no se movía. Solo abría los ojos de vez en cuando, como si quisiera recordarnos que seguía ahí, atrapada entre la vida y la muerte, y que cada parpadeo era un gesto diminuto pero desesperadamente humano. A veces la llevábamos a la clínica, otras veces permanecía en casa, y cada traslado se sentía como atravesar un puente entre la esperanza y el desconsuelo. Su respiración era tenue, irregular; sus gestos, casi ine...

ESQUIRLAS

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  Esquirlas reúne textos cortos, reflexiones y pequeñas piezas que nacen en el borde entre la intuición y la palabra. Son fragmentos que emergen casi sin permiso, como chispas que se desprenden del pensamiento y reclaman un lugar propio. Acá conviven ideas súbitas, imágenes que insisten, preguntas que laten. No buscan cerrar sentidos, sino abrir pequeñas puertas: invitaciones a detenerse, a mirar con otros ojos, a sentir un instante de luz en medio del ruido cotidiano. Cada esquirla es un destello fugaz, pero suficiente para iluminar una sombra.  ESQUIRLAS de Gigi Antolini

QUIETA Y PERFECTA

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  Hay un momento que se repite, y que parece desobedecer al tiempo: cuando la beso y, de pronto, sonríe. No una sonrisa cualquiera, sino aquella que se asoma en los labios antes de refugiarse en los párpados, en la calma del rostro. Entonces se queda quieta, como si el mundo entero se hubiera detenido, y yo me convierto en paisaje, en abrigo, en aire. Sus ojos cerrados no esconden nada; revelan todo. Es como si cada pestaña fuera un puente hacia un lugar donde nada la perturba, donde los miedos se diluyen en la serenidad de estar sostenida. Mis brazos, mis labios, parecen suficientes para que su respiración encuentre su propio ritmo, y yo observo esa entrega silenciosa, maravillado de que alguien pueda confiar tanto en un instante. Esa quietud tiene un idioma secreto. La risa que escapó antes no se ha ido: está contenida, mínima, como burbuja suspendida entre los suspiros. Es risa que no necesita sonido, porque ya todo lo dice con el cuerpo. Cada centímetro de su ser parece agradec...

INESTANCIA

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  Hay momentos en que siento que todo es aire y yo apenas un temblor dentro de él. Mi cuerpo respira como si estuviera lleno de silencios, y cada pensamiento parece flotar, suspendido entre lo que deseo y lo que no puedo tocar. Hay una oscilación permanente entre claridad y sombra, entre certeza y duda, como si mi corazón estuviera balanceándose en un hilo invisible que nadie más ve. Me descubro hablando conmigo misma, intentando nombrar sensaciones que no tienen forma, pronunciando palabras que se escapan antes de que tengan sentido. Escucho mi voz y la extraño al mismo tiempo, como un eco que intenta alcanzarme y no logra explicarme lo que siento. Esta tensión entre deseo y percepción es la esencia misma de amar: un estado de atención extrema que no se puede domesticar ni apresurar. La esperanza tiene forma de un hilo dorado que cruza mi pecho de manera invisible. A veces se afloja, tiembla con cada duda, pero nunca se rompe. Lo sigo, aunque no se vea, aunque no tenga garantías. ...

SATURACIÓN

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  Hay momentos en que todo parece encajar. Estoy predispuesta, sé que puedo recibir lo que viene, puedo sostener la presencia de los demás sin sentirme arrastrada, puedo escuchar, mirar, percibir y mantener mi centro. En esos instantes, incluso el ruido más intenso o la compañía más cercana se siente llevadero, hasta amable. Mi sensibilidad trabaja como un filtro fino, un umbral que reconoce lo que puedo procesar y lo que puedo contener. Pero hay otros momentos. Momentos en los que la intensidad del afuera se acumula demasiado rápido, cuando los estímulos son demasiado para mi capacidad presente, y entonces aparece la saturación. No es que suceda todo el tiempo. No es que la vida, en su totalidad, sea invasiva. Es solo que hay situaciones en las que no puedo anticipar la densidad de lo que me rodea, momentos en los que todo se junta: un perro que no deja de ladrar, gatos que gritan sin cesar, el bullicio constante de la calle o un lugar cerrado, la acumulación de sonidos, gestos y ...

HUELLA

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  Uno no siempre sabe qué está dejando en los demás. Creemos que las palabras se pierden, que los gestos se disuelven con el tiempo, pero después alguien repite algo que dijiste sin querer, un modo de mirar, una pequeña costumbre, y ahí entendés que algo quedó. No es soberbia pensar en las huellas que uno deja; es responsabilidad. Porque todo el tiempo estamos enseñando, aunque no hablemos. No hace falta pronunciar frases profundas ni dar lecciones evidentes. Basta con estar presente, con la manera en que atendemos a los detalles, cómo respondemos a un error, cómo escuchamos cuando alguien tiene miedo de equivocarse. Pienso en mis sobrinos, en mis hermanos, en mis alumnos de guitarra. Ellos me miran de formas que a veces ni registro, pero que sin duda están aprendiendo algo de mí. Tal vez no se trate de enseñanzas formales; más bien, de cómo actuamos ante la vida. Cuando uno enfrenta un desafío con calma, cuando reconoce un error sin dramatizarlo, cuando se interesa genuinamente po...

PERDÓN POR PROCESAR DISTINTO

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  A veces siento que vivo en un ritmo distinto al de los demás, y no porque quiera aislarme ni porque busque la diferencia como un privilegio, sino porque mi mente y mi cuerpo necesitan transitar el mundo de otra manera. Comprenderlo no es un capricho, es una necesidad. No puedo absorber los estímulos de la misma forma que quienes me rodean; necesito tiempo, espacio y, sobre todo, silencio para digerir lo que me atraviesa. Cada interacción, cada palabra, cada gesto de los otros tiene un peso distinto para mí, un peso que no siempre es visible, pero que condiciona cómo vivo, cómo me expreso y cómo respondo. Perdón si no reacciono inmediatamente a lo que me dicen, si demoro en comprender lo que para otros es evidente. No es desinterés ni falta de afecto. Simplemente mi mente procesa la información de otra manera: lenta, detallada, intensa. Necesito ejemplos, comparaciones, repeticiones, porque mi comprensión no es inmediata; es como si mis pensamientos fueran un laberinto donde cada ...