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INESTANCIA

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  Hay momentos en que siento que todo es aire y yo apenas un temblor dentro de él. Mi cuerpo respira como si estuviera lleno de silencios, y cada pensamiento parece flotar, suspendido entre lo que deseo y lo que no puedo tocar. Hay una oscilación permanente entre claridad y sombra, entre certeza y duda, como si mi corazón estuviera balanceándose en un hilo invisible que nadie más ve. Me descubro hablando conmigo misma, intentando nombrar sensaciones que no tienen forma, pronunciando palabras que se escapan antes de que tengan sentido. Escucho mi voz y la extraño al mismo tiempo, como un eco que intenta alcanzarme y no logra explicarme lo que siento. Esta tensión entre deseo y percepción es la esencia misma de amar: un estado de atención extrema que no se puede domesticar ni apresurar. La esperanza tiene forma de un hilo dorado que cruza mi pecho de manera invisible. A veces se afloja, tiembla con cada duda, pero nunca se rompe. Lo sigo, aunque no se vea, aunque no tenga garantías. ...

SATURACIÓN

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  Hay momentos en que todo parece encajar. Estoy predispuesta, sé que puedo recibir lo que viene, puedo sostener la presencia de los demás sin sentirme arrastrada, puedo escuchar, mirar, percibir y mantener mi centro. En esos instantes, incluso el ruido más intenso o la compañía más cercana se siente llevadero, hasta amable. Mi sensibilidad trabaja como un filtro fino, un umbral que reconoce lo que puedo procesar y lo que puedo contener. Pero hay otros momentos. Momentos en los que la intensidad del afuera se acumula demasiado rápido, cuando los estímulos son demasiado para mi capacidad presente, y entonces aparece la saturación. No es que suceda todo el tiempo. No es que la vida, en su totalidad, sea invasiva. Es solo que hay situaciones en las que no puedo anticipar la densidad de lo que me rodea, momentos en los que todo se junta: un perro que no deja de ladrar, gatos que gritan sin cesar, el bullicio constante de la calle o un lugar cerrado, la acumulación de sonidos, gestos y ...

HUELLA

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  Uno no siempre sabe qué está dejando en los demás. Creemos que las palabras se pierden, que los gestos se disuelven con el tiempo, pero después alguien repite algo que dijiste sin querer, un modo de mirar, una pequeña costumbre, y ahí entendés que algo quedó. No es soberbia pensar en las huellas que uno deja; es responsabilidad. Porque todo el tiempo estamos enseñando, aunque no hablemos. No hace falta pronunciar frases profundas ni dar lecciones evidentes. Basta con estar presente, con la manera en que atendemos a los detalles, cómo respondemos a un error, cómo escuchamos cuando alguien tiene miedo de equivocarse. Pienso en mis sobrinos, en mis hermanos, en mis alumnos de guitarra. Ellos me miran de formas que a veces ni registro, pero que sin duda están aprendiendo algo de mí. Tal vez no se trate de enseñanzas formales; más bien, de cómo actuamos ante la vida. Cuando uno enfrenta un desafío con calma, cuando reconoce un error sin dramatizarlo, cuando se interesa genuinamente po...

PERDÓN POR PROCESAR DISTINTO

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  A veces siento que vivo en un ritmo distinto al de los demás, y no porque quiera aislarme ni porque busque la diferencia como un privilegio, sino porque mi mente y mi cuerpo necesitan transitar el mundo de otra manera. Comprenderlo no es un capricho, es una necesidad. No puedo absorber los estímulos de la misma forma que quienes me rodean; necesito tiempo, espacio y, sobre todo, silencio para digerir lo que me atraviesa. Cada interacción, cada palabra, cada gesto de los otros tiene un peso distinto para mí, un peso que no siempre es visible, pero que condiciona cómo vivo, cómo me expreso y cómo respondo. Perdón si no reacciono inmediatamente a lo que me dicen, si demoro en comprender lo que para otros es evidente. No es desinterés ni falta de afecto. Simplemente mi mente procesa la información de otra manera: lenta, detallada, intensa. Necesito ejemplos, comparaciones, repeticiones, porque mi comprensión no es inmediata; es como si mis pensamientos fueran un laberinto donde cada ...

LA RAMITA DE LAVANDA

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  Hay gestos que parecen insignificantes, pero no lo son. Uno vive rodeado de cosas que pasan sin dejar marca, de movimientos automáticos, de palabras dichas porque sí. Y, de pronto, aparece algo pequeño, tan pequeño que casi podría confundirse con la nada, y sin embargo ahí se abre un hueco luminoso, un espacio donde el alma puede respirar. No sé si alguna vez les pasó, pero hay días en que todo parece tener el mismo color. Uno camina, habla, cumple, fuma, piensa —y el mundo gira, sí, pero de una forma indiferente. Y entonces, entre la repetición, alguien deja caer un detalle que rompe la secuencia, una mínima rebelión de ternura. Una ramita de lavanda, por ejemplo. No voy a decir quién la dejó ni dónde, porque eso pertenece a otro idioma, uno que no se traduce. Pero puedo decirles que la vi, ahí, en medio de lo común, y que por un instante el tiempo se detuvo. Es curioso cómo lo pequeño puede alterar el orden de lo grande: esa florcita lila, con su perfume casi tímido, deshizo un...

DONDE EL MUNDO SE DETIENE

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  Hay días en que todo parece pesar un poco más. No hay causa precisa, ni un motivo que pueda ponerse en una balanza; simplemente, el aire se vuelve denso y los pensamientos se apelmazan como si el cerebro se negara a procesar el mundo. En esos días, ella camina con los hombros tensos, la mirada perdida, los gestos algo torpes. No es tristeza del todo, tampoco rabia pura; es más bien una acumulación de ruido. Una especie de saturación que nadie ve, pero que le deja el cuerpo en guerra con sí mismo. El mundo suele aplaudir a los que sonríen, a los que siempre responden con calma, a los que simulan estar bien aunque todo duela. Pero hay momentos en los que no hay sonrisa que alcance, y entonces ella se repliega, como un animal que busca la sombra más honda del bosque. No es que quiera esconderse: es que necesita silencio. Y es ahí, justo cuando las palabras ya no sirven, cuando llega el mensaje. A veces es una frase mínima, otras un audio en mitad de la noche. No dice nada extraordin...

LA SENSIBILIDAD QUE ME HABITA

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  Hay días en que siento que mi piel no termina en mi cuerpo, sino que se extiende hacia el mundo. Todo me atraviesa. Las luces, los ruidos, las voces, los gestos, las miradas, las emociones ajenas… Nada pasa sin dejar huella. A veces me gustaría poder apagar algo dentro de mí, un interruptor invisible que me permitiera respirar sin sentirlo todo tan intensamente. Pero la sensibilidad no es un don que se elige, ni una carga que se abandona. Es una forma de ser en el mundo. Y a mí, me habita entera. He pasado años intentando explicarlo, incluso a mí misma. ¿Por qué me conmueve lo que a otros les resulta insignificante? ¿Por qué necesito silencio cuando todos parecen florecer en el ruido? ¿Por qué algo tan pequeño, una palabra mal dicha, puede dolerme durante días como si me hubieran herido físicamente? Con el tiempo entendí que no se trata de fragilidad, sino de profundidad. Lo que para otros es superficie, para mí es abismo. No exagero. Una canción puede hacerme llorar sin razón ap...